1064. GENELDO, EL INOPORTUNO
Gustavo Eduardo Green Sinigaglia | Somwang

Geneldo tenía el don de la inoportunidad. Justo se le había ocurrido morir el día de la mayor inundación en la historia del pueblo. No era la primera vez, los familiares y amigos ya estaban acostumbrados.
Geneldo había comenzado su vida de manera inoportuna. Se adelantó al parto programado en el preciso momento en que su madre era asaltada. Los ladrones se llevaron joyas, televisores, relojes y a Geneldo. A las pocas cuadras lo abandonaron porque no dejaba de llorar.
Estos hechos ocurrían sólo en momentos trascendentes, como el día de su casamiento, cuando citó a una ex novia en el altar para devolverle los anillos y las cartas de amor, en el preciso momento de la ceremonia. De esta manera Geneldo siguió soltero antes de que dejara de sonar la marcha nupcial.
Y ahora, en el momento de su muerte, el agua avanzaba sobre el pueblo superando las escalinatas de la sala velatoria. Los asistentes comenzaban a arremangarse la ropa, otros se paraban sobre los bancos, los arreglos florales navegaban, las figuras religiosas mojaban sus mantos y las lágrimas se sumaban a la inundación.
Decidieron poner la tapa al ataúd.
Para que no se ahogue.-sentenció la tía Eulalia.
El sacerdote -previsor como pocos- se colocó el salvavidas con forma de patito. Mujeres de negro lloraban con el agua hasta la cintura. Las azafatas servían café sobre los vasitos flotantes de plástico. Las grandes velas pasaron a ser la única iluminación. La música funcional debió ser suplantada por la voz de la hija de Tumbita Pérez, el encargado de la casa funeraria
La inoportunidad de Geneldo se manifestaba también en haber fallecido en el día
más caluroso de la década (y los aires acondicionados sin poder funcionar).
Familiares y amigos continuaban acercándose para expresar sus condolencias. Los Ramallo llegaron en canoa, los Pereyra en dos alazanes, los Vedia Mendizábal en lancha con motor fuera de borda. Los hermanos Lecov llegaron nadando (venían directamente del Club Náutico).
Las arias sacras interpretadas por Tatiana Pérez mutaban a cumbias vallenatas. El Cristo crucificado, colgado en la pared, estaba a punto de ahogarse.
El ataúd ya no necesitaba de su apoyo, el agua lo sostenía, y lo movía. Pasó de una sala a otra, arremetió contra el hall de entrada y salió por la puerta principal. La correntada en la calle era mayor. Se deslizó por el destacamento de policía. Cruzó frente a la parroquia. Una monja se persignó desde el campanario.
Horas más tarde Tumbita Pérez notó la ausencia.
¿Alguien vio un ataúd por acá? –consultó a los presentes que seguían en animado parloteo.
El féretro continuó la marcha rumbeando para poblados vecinos. Primera vez que Geneldo salía de su pueblo. La correntada lo llevó durante la noche. Por la mañana quedó varado en la colina de una población desconocida. El escurrimiento fue dejando al descubierto cientos de tumbas. Antes del atardecer los sepultureros se encargaron de enterrar el ataúd. Allí descansan hoy los restos de Geneldo, bajo una lápida sin nombre.