GENTE SIN PARAGUAS
EUGENIO ASENSIO SOLAZ | MANUEL DUS

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Gente sin paraguas

Pseudónimo: Manuel Dus



Hugo no sabe que va a morir en menos de quince minutos. Siendo ajeno a su ineludible fallecimiento, camina deprisa por evitar llegar tarde a su primer encuentro con María. Hoy los transeúntes parecen haberse confabulado para entorpecerle el paso. Aun así, él sigue aproximándose a ella e imaginando que ella estará saliendo del metro.

Camina con la cabeza levantada, preparado para lo que puede acontecer inesperadamente; ya se sabe, la ciudad depara mil situaciones insospechadas que, por si fuera poco, la inevitable lluvia las podría empeorar. Porque él no sabe de la cercanía de su final, mirando hacia el horizonte urbano, un rayo lo ha llevado a elucubrar sobre la ficción que propone una noche tormentosa, siempre que María le permitiese pasar un brazo por su cintura.

No sabe que apenas le quedan… pongamos unos diez minutos de vida. Llega tarde y se enfada porque se ha colado un buen pedazo de tiempo por esos agujeros que esparcen los relojes.

María, al salir del metro, abre su paraguas convertido al poco en un parapeto doblegado por el viento.

La lluvia arrecia. El joven con las manos en los bolsillos camina encogido, como con frío. Sabe que llegará tarde y que María no lo entenderá.

Ella ha entrado en el vestíbulo del cine. Lo busca. En un mensaje le pregunta por dónde va. Alguien le dijo que era un irresponsable, pero no recuerda quién.

A Hugo no le deben de quedar más de seis minutos de vida, pero él, perseverante, avanza con la sensación fría del agua resbalando por la nuca, manteniendo el objetivo de llegar con la publicidad en marcha. Supone que no estará a más de cien metros de la puerta del cine

Hugo calcula que llegará en no más de tres minutos, pues no sabe que, en minuto y medio, dos minutos a lo máximo, ya estará muerto. Echa a correr, sin ver que por su derecha está girando un coche rojo cuyos cristales están empañados. El coche acelera y él, ajeno al vehículo, también acelera: hombre y máquina sorprendidos por un destino con el que no contaban, y, entonces, tanto Hugo como los ocupantes del vehículo evitan el desastre quedándose a escasos centímetros entre sí. Desde el interior del vehículo le dicen que es un gilipollas, y él despliega el dedo corazón de su mano izquierda ante los ojos turbios de los pasajeros del vehículo.

María sale, pero no lo ve. Recuerda quién le había dicho que Hugo era un irresponsable. Desde la breve altura, repara en que a poco más de cien pasos, se forma cierta aglomeración.

Quince segundos antes de morir, Hugo cree ver la silueta de María. Levanta un brazo en el intento de que ella lo vea, entonces siente que algo penetra en su costado; luego, un muchacho entra en un coche rojo que irá reduciéndose en su tamaño avenida arriba. Pero eso, María y Hugo ya no lo vieron.