521. GIMNASTA
Luciano Montero Viejo | COMETA AZUL

Se besó el trasero y al hacerlo sintió un éxtasis, una embriaguez de plenitud. Sus labios encontraron el punto justo de turgencia y morbidez que había imaginado tantas veces. Los largos meses de constancia, de esfuerzo sostenido y doloroso, daban por fin su fruto. Aquella era la primera vez y habría muchas más. Ladeó la cara hacia el espejo y admiró su cuerpo desnudo de gimnasta, ahora en una posición inverosímil y antiestética, pero aun así de una hermosura fulgurante. Paseó la lengua por los poros levemente erizados con la dedicación y el deleite de una gata entregada a su aseo. Ante ella se abría un futuro de amor, de sensualidad y ternura ilimitadas.

En el mismo umbral de la felicidad oyó un chasquido inoportuno, seguido de inmediato por un dolor inhumano y desgarrador que abrió la puerta del infierno, hasta que un caritativo desmayo la fundió en negro. Ahora, en la cama del hospital, nadie se explica la sonrisa beatífica. Nunca se ha visto, comentan por los pasillos, que un desafortunado accidente laboral deje a alguien con ese semblante satisfecho y soñador.