Glovo
María Cecilia Guelfi | María Cesárea

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Los segundos que tardé en recordar dónde estaba y cómo había llegado aquí fueron los más largos de mi vida. Nada de lo que sentía me era familiar. La oscuridad total a la que se abrieron mis ojos, la temperatura tibia, como de útero, tan suave que me resultaba difícil señalar dónde acababa mi cuerpo y dónde comenzaba el aire. Fue el olor lo que me ayudó a entender. La combinación de madera y especias. Vi tu cara mirándome entrar al bar, te vi poniéndote de pie e inclinándote para darme dos besos y recordé la primera bocanada de tu colonia entrando en mis pulmones.

Escucho ruidos que vienen del exterior. Sirenas, gritos, golpes. El horror al que nos acostumbramos. Los disturbios empezaron a parecer ciencia ficción cuando la policía empezó a salir a la calle con perros entrenados para atacar.

¿A quién se le ocurre quedar con un desconocido en una época como esta, en pleno centro, con las calles llenas de policías, de coches quemados? Supongo que hay un fuego interior que no se apaga nunca ¿tanto miedo tengo de acabar sola que tengo que arriesgarme así para conocer a un tío? Sonreíste y me recordaste que las autoridades insisten en que hagamos vida normal, hasta los bares están abiertos. Sí, ya sé,” nada tiene que temer quien no altera el orden”, pero da igual, te dije, todo se puede torcer en cualquier momento. Entonces lo mejor es que vayamos directo a mi casa, respondiste, es un sótano, un buen lugar en caso de que se decidan a bombardearnos de una puta vez.

La superficie sobre la que estoy es suave, sábanas de seda o algo así, no es aquí donde me quedé dormida. Me pongo de pie. Busco una pared y camino rozándola. Encuentro un interruptor. La luz me deslumbra durante algunos segundos. Estoy en una habitación sin ventanas en la que no hay más muebles que la cama. Estoy desnuda, tengo moretones en las piernas y en los brazos y gotitas de sangre seca en las rodillas. Me envuelvo en la sábana y salgo a un pasillo también oscuro. Al final del pasillo hay una puerta entreabierta. La empujo sin hacer ruido. Veo tus rodillas, tus piernas, tu vientre cubierto por una manta, tu pecho desnudo, todavía tienes puesto el arnés. Tu cara inexpresiva mirando la nada. Quiero decir tu nombre, pero no lo recuerdo. La puerta cruje y adviertes mi presencia, me miras durante un segundo y siento que tú también tienes miedo. Hemos dormido todo el día, me dices, ven aquí. Me tumbo a tu lado y apoyo la cabeza en tu pecho. Me acaricias el pelo. A través de las ventanas se ven pies corriendo en todas direcciones, algo arde en la distancia y hasta aquí llega el resplandor del fuego. Acaban de comenzar los ladridos, que son siempre la peor parte. He pedido una pizza, me dices, el repartidor debe de estar a punto de llegar.