788. GOD SAVE THAT JERK
Marcos Mendoza Ross | Ross

Estación de Westminster, metro de Londres. Seis de la mañana.
Leo, mi querido amigo de la infancia, y un servidor marchábamos vuelta a casa después de una animada velada en una discoteca llamada “Walk about”, diseñada para aquellos y aquellas inmigrantes en Londres que no saben hablar inglés. No es mi caso, por supuesto, pero a Leo le vino bien juntarse con más españoles, italianos y latinos para ampliar su círculo de amistades en la capital británica, y a mi me vino bien descansar como traductor a tiempo completo. Si bien es cierto que ninguno se comió un colín.
Como iba diciendo, nos encontrábamos en el metro de vuelta a casa. Leo y yo acostumbrábamos a hablar en castellano puesto que, a pesar de que la segunda población inmigrante más numerosa en Londres eran españoles, por norma general no nos entendía nadie.
Entre risas comentábamos lo bien que había ido la noche, haciendo gala de una fe ciega en nuestra actuación o de una necesidad de auto-convencimiento que rozaba lo macabro, quizá ambas. Fue entonces cuando un ángel entró al vagón. Y no me refiero a Andrés Iniesta, sino a una joven muchacha de cabellos dorados, piel pálida y ojos esmeralda que portaba un vestido blanco precioso. Probablemente la británica más bella que había nacido en las islas. El «God save the queen» se inspiró en ella y también debió ser la Julieta de Shakespeare. Era el «wingardium leviosa» de los hechizos y el «fish and chips» de la gastronomía sajona. Bueno este último ejemplo no es el más correcto que digamos porque está asqueroso. El caso es que se sentó y comenzó a leer un libro del que no levantó la vista en ningún momento.
Antes de seguir, hay que reseñar que los segundos que pasaron desde su entrada en el vagón hasta que tomó asiento transcurrieron a cámara lenta. Literalmente. Pude observar durante horas cómo dos babosos deleitaban su visión con esta bella criatura. Tanto aquel hombre trajeado que se comía un moco como el pobre infeliz que se rascaba el trasero para después olerse la mano.
Cuando todo volvió a la normalidad, Leo se dirigió a mí.
– ¡Tío, es preciosa!
– Es una ninfa griega… ¿Le hablo? – esta vez no me importaba hacer de traductor.
– Mejor no, tiene pinta de ser una pija y una borde – en realidad enmascaró así su falta de valentía.
– Si, mejor – respondí.
Tres paradas después la muchacha cerró el libro y se dispuso a bajar el tren, no sin antes dirigirse a nosotros con suma elegancia.
– Hasta luego, chicos – dijo con la voz de una sirena y un acento más gaditano que las chirigotas.
Si, nos quedamos de piedra. Todo el vagón había entendido lo sucedido, aún no sé cómo, y se reía de nosotros. Traté de levantarme lo más rápido posible para dirigirme a ella, pero de nuevo el tiempo se ralentizó, literalmente, y mientras observé a la damisela marchar la humillación se hizo eterna.