818. GOD SAVE THE QUEEN
Javier Cifuentes González | jc

‘- La educación os persigue, pero vosotros sois más veloces – solía decir Laura, mi profesora de música, al tiempo que hacía un gesto imitando a un niño gordito y patizambo alejándose.
Ella era radiante: brillaba como brillan los primeros días de verano justo después de comenzar las vacaciones y caminaba por la clase flotando como una auténtica reina del rock. Los chicos raros como yo nos habríamos hecho un tatuaje de “God Save the Queen” si Laura nos lo hubiese pedido. Obviamente, Queen era su banda preferida y nos sentíamos más románticos que Andrew Lincoln desplegando sus carteles en Love Actually con solo pensar en hacer esa idea realidad. Ella era nuestra Keira Knightley y hubiésemos luchado contra Darth Vader, El Joker, Gru o cualquier otro malvado villano de película con un cuchillo entre los dientes para llamar su atención.
Mis amigos y yo nos pasábamos las tardes preparando respuestas dignas del mismísimo Neruda tratando de impresionarla en sus clases: “hay un cierto placer en la locura que solo el loco conoce, ¿no es así querida Laura?”, y creaciones similares. Desgraciadamente, las horas de preparación se desmoronaban al recibir el shock que producían aquellos ojos azules clavados en mí. Pese a tener preparadas respuestas elocuentes y las invenciones más ingeniosas e inteligentes imaginables, de mi boca solo salían respuestas absurdas como “Beethoven… ¿el San Bernardo de la tele?”. Lo sé, siempre fui un genio improvisando.
Como os podéis imaginar, mis respuestas me eliminaban de lograr los mayores privilegios en su clase. Elegir en primer lugar un instrumento solo estaba dedicado a la élite: el capitán del equipo de futbol, la líder de las animadoras, Iniesta tras marcar el gol de la final del mundial… Esto me relegaba a la ardua tarea de tener que destacar con un silbato – que la fuerza me acompañe –. Partido a partido, rendirse es de cobardes, no pain no gain – me decía – mientras practicaba Hallelujah de Leonard Cohen frente al espejo imaginando a Laura caminando hacia el altar: “but you dont really care for music, do you? It goes like this; the fourth, the fifth; the minor falls, the major lifts; the baffled king composing Hallelujah”.
Hijo, no desesperes – me solía decir mi padre –, todo esfuerzo antes o después tiene su recompensa. ¿Pero tienes que tocar el silbato a estas horas? Mi padre nunca entendió lo que era el amor verdadero…
Quince años más tarde, mi vida no puede ser más feliz: vivo en una casa grande, con piscina incluso. Tengo un trabajo que me apasiona, unos amigos increíbles y una familia maravillosa. Los martes por la tarde acompaño a mi hija Laura al conservatorio. Allí me conocen como “reina”. Una larga historia que mezcla mi falta de sentido común e impulsividad adolescente y un tatuaje de “God Save the Queen”, que siempre juraré fue debido a la gran admiración que en el colegio me inculcaron por la monarquía británica… Por si aún lo dudabais, no volví a ver a aquella profesora.