227. GOLIAT
MARGARITA ROMO LÓPEZ | MARGA

Nadie sabe lo que he tenido que pasar debido al nuevo hijo que se uníó a nuestra familia hasta inscribirlo en el registro oficial de tortugas macho con pedigree, lidiando con la burocracia de impresos, partidas de nacimiento, fotografías tamaño carné… Sin contar las tardes empleadas en documentarme sobre comida detox para reptiles, temperatura ideal del agua, hábitat tropical en viviendas, o las incontables horas extras trabajadas para comprar una piscinita high-tech de tortugas, con su playa de arena coralina, cascadas, tobogán y jacuzzi.
Mereció la pena porque felizmente Goliat se convirtió en un corpulento mocetón de tortuga, grandote como media sandia, dueño único de un rincón de la cocina que hizo suyas cada baldosa de la casa en su lento arrastrar.
Para evitar su soledad de hijo único le encontramos en la Turtle pets boutique un compañero de juegos, también adulto, del mismo género e idéntico color verduzco. A los pocos días, uno de mis otros hijos entró corriendo en mi cuarto y dijo:
-Papá, mira cómo juegan. Goliat está llevando a cuestas a su nuevo amigo.
Puede que fuera mal pensado pero llegué a creer que aquel entretenimiento no era nada inocente. La nueva tortuga encaramada sobre él, frotando su panza paliducha de carey sobre el caparazón de Goliat, mientras emitían unos ruidos agudos junto al jacuzzi.
Los sometí a vigilancia y descubrí que repetían aquel acto con una frecuencia obsesiva y un vigor considerable para ser tortugas. Goliat se tornó más huidizo, replegaba las arrugas del cuello y escondía la cabeza en la concha, como si estuviera avergonzado.
Tenía que actuar y reuní a la familia para comunicarles el resultado de mis estudios e investigaciones. Con mi voz más grave les anuncié:
-Goliat es gay.
La respuesta de los míos fue unánime y ejemplar: le seguiríamos queriendo lo mismo y le ayudaríamos a salir del acuario. Y por supuesto, buscaríamos en Internet los mejores sicólogos. Para la tortuga y también para nosotros, todavía traumatizados por no haber podido costear dos piscinas.
Unas semanas más tarde aparecieron unos huevos pegajosos, pequeños como canicas blancas. Goliat los empujaba con el pico y los enterraba con las patas traseras bajo la arena húmeda de su playa.
Convoqué de urgencia una nueva asamblea familiar, esta vez extraordinaria y en el salón. Apenas hubo debate en el corro de la mesa sobre mi diagnóstico: Goliat había nacido dentro de un caparazón equivocado.
Todos estamos colaborando, ya hemos renunciado a las vacaciones y los niños han roto las huchas para sufragarle a Goliat un exclusivísimo medicamento hormonal para reptiles. Además, hemos encontrado la web del mejor coach de tortugas transexuales del continente, una eminencia de honorarios prohibitivos. Después de los tratamientos, y cuando acabemos de pagar esta millonada, compraremos otra piscina para su uso individual que le evite recaídas y depresiones.
Esta contrariedad ha sacado la parte generosa y solidaria que todos tenemos en casa: siempre estamos dispuestos a ayudar a uno de los nuestros. Para eso está la familia.