Gómez e Hijas
Raquel Arce Bayón | Scatha

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Vaya, ¿ya está despierto? Me alegro, me alegro; temí haberle golpeado demasiado fuerte. ¡No, por favor, no se retuerza! Así sólo conseguirá que las bridas se le claven más profundo. Créame, no va a conseguir nada. Soy muy buena en mi trabajo. Así está mejor. Ya veo que sabe quién soy, o al menos para qué estoy aquí. Desde La Corporación me dijeron que era usted un hombre inteligente. Demasiado para su gusto, por lo visto. También me indicaron cómo se tenía que llevar a cabo el procedimiento. Dios, ha tenido usted que cabrearles mucho. Sucio, muy sucio, yo no suelo trabajar así, pero ya sabe, el dinero es el dinero. Y quien paga, manda.

No, por favor, ya le he dicho que no se retuerza. Gritar tampoco le va a servir de nada. No le he dicho esto por algún tipo de placer sádico. Ya le he dicho que soy una profesional. Se lo cuento porque, fíjese, hoy está usted de suerte. No voy a seguir las instrucciones que me han dado. Lo haré a mi manera, rápido y limpio. Créame, usted ni se enterará. Ya se que no es muy ortodoxo, pero es que hoy estoy de celebración. Dicen que las primeras veces nunca se olvidan. ¡Qué gran verdad! En mi caso, además, significó el inicio de mi carrera profesional. Una carrera que me ha dado grandes satisfacciones, he de decir.

Y eso que, al principio, no había pensado dedicarme a ello. Era más bien una afición, una tradición familiar, como me explicó mi padre. Las tradiciones son importantes, creo yo, y más en este mundo moderno en el que vivimos. Pero no le quiero aburrir. Me hago mayor y comienzo a divagar. Aquella primera vez, como le decía, no fue ni rápida ni limpia. Había acompañado ya varias veces a mi padre cuando salía de caza, pero es muy distinto a hacerlo una misma, sin ayuda. A pesar de todo, el resultado fue muy satisfactorio. Mi padre era hombre de pocas palabras, pero se notaba que estaba orgulloso. Al terminar me compró un helado. Creo que nunca he saboreado uno tan delicioso. Es una pena que aquella heladería ya no exista. Me hubiera gustado llevar a mi hija allí tras su estreno. Después de todo, va a cumplir 14 años, ya es hora de que vuele sola. Debería verla usted, tiene un talento innato.

Bueno, ya va siendo hora de que nos pongamos a lo nuestro. ¿Tiene usted alguna última voluntad, algún mensaje que quiera enviar? Y no me diga que su última voluntad es que le suelte. Esa broma ya me la han hecho muchas veces. ¿No? Bien, me alegro que tenga usted sus asuntos al día. Es una cortesía que tengo con mis clientes, pero a veces es engorrosa. Colóquese aquí, con la espalda apoyada contra la pared. Perfecto, gracias. ¿Quiere cerrar los ojos? ¿Preparado? Muy bien. Uno, dos y …