537. GRAN GOLPE A LAS TRECE TREINTA
Jaume Escursell Olaya | Babi

En su esquema mental, estaba todo perfectamente organizado para que el golpe fuera un éxito seguro. El mejor día: Un viernes. El personal tiene ya la cabeza metida en el fin de semana y tiende a ser más complaciente. La hora: La una y media del mediodía. Los empleados intentan aligerar los asuntos que se presentan, para no dejar cuestiones sin resolver. El instrumental básico: Un antiguo planchador de mangas de sobremesa, la silla de ruedas y la manta de cuadros. Ensayó el discurso delante del espejo del baño. Esto era lo más fácil, tan sólo cuatro palabras, pero debía ser muy convincente. Así todo sería más rápido y esclarecedor.
También el lugar había sido objeto de un concienzudo estudio. La sucursal de La Caixa de la plaza Adriano, en la parte alta de la calle Muntaner y, cerca del despacho donde había trabajado durante cuarenta años, antes de jubilarse con una artrosis galopante. O sea, conocía el terreno y se ahorraba el reconocimiento previo. Y luego, tan solo doblar la esquina y enfilando Muntaner, la suave pendiente de la vía hacia el Eixample le facilitaría considerablemente la huida.
Se tomó una infusión de Valeriana, recitó unos cuantos trabalenguas para ejercitar músculos clave a fin de vocalizar bien y con claridad, y se dirigió hacia la agencia bancaria montado en su sillita de ruedas. Al llegar, una amable oficinista le facilitó la entrada.
–Buenos días señorita. Venía a…
–Pase por recepción, por favor. Mire, diríjase a este mostrador donde pone ¡Hola! en el frontal, y mi compañera le atenderá.
Con cara de contrariedad avanzó hacia el lugar que le habían indicado. Pensaba que todo sería mucho más ágil.
–Buenos días caballero ¿En qué puedo ayudarle?
–Buenos días otra vez. –Y por fin lanzó las cuatro palabras que tanto había ensayado– ¡Esto es un atraco! –dijo, mientras por debajo de la manta que le cubría las piernas, insinuaba amenazante la forma del planchador de mangas, simulando una metralleta de repetición.
–Perdone, señor. ¿Tiene usted cita previa?
–No me ha entendido, señorita, ¡Esto es un atraco! –repitió– ¡Vengo a robar! –aclaró, por si las dudas, algo más nervioso, mientras agitaba con las manos el planchador de mangas que blandía entre las piernas, por debajo de la manta.
–El que no lo ha entendido es usted, caballero. Esta agencia ahora es un Store y, aquí no manejamos efectivo. Tan solo gestionamos asuntos. Tendría que dirigirse a la sucursal de General Mitre, cien metros más arriba. Pero hoy no le van a poder atender, tenga en cuenta que las operaciones en metálico solo las efectúan de ocho y media a once de la mañana, luego cierran las cajas.
No tuvo más remedio que marcharse compungido Muntaner abajo, hacia su casa. En el mejor de los casos, tendría que esperar hasta el lunes.
De momento, se quedaba sin el viaje que pensaba hacer por su cuenta a Canarias, que tanto deseaba, y que, por cuarto año consecutivo le había denegado el Imserso.