1129. GUARDANDO COLA
Eduardo Galguera García | Don Epifanio

Las cinco de la mañana. Veinte personas formaban cola en el centro comercial, algunos sentados en el suelo, otros apurando bebidas humeantes para combatir la modorra y el frío. Se situaron en la fila y Clara sacó del bolso el termo con café. He traído para echar unas gotas, dijo Paul mostrando una petaca. Llenaron los vasos y brindaron. ¡Porque ya huele a concierto!, dijo Emilio. ¡Y por el Boss!, añadió Fran levantando el puño.
Media hora después, eran más de cien los congregados y la hilera crecía. ¿A qué hora abren?, preguntó alguien. A las nueve, respondió otro. Paul miró a Fran preocupado. Tienes mala cara, le dijo. No me encuentro bien, me sentó mal el carajillo. Necesito ir a un bar. ¿Tienes un apuro?, bromeó Clara. Tengo un apretón. Ahora vengo, explicó a los de la hilera.
Al cabo de un rato, sonó el móvil de Emilio. Soy Fran, estoy tres calles arriba, entre dos coches y me cagué encima. Tienes que acercarme a casa. El joven miró a los otros atónito. Tengo que ir, está… hasta aquí de mierda, dijo Paul acabando la frase en voz baja. Ha surgido un imprevisto, dijo Emilio a los siguientes en la fila, pero vuelvo. Sin problema, añadieron.
Emilio paró el coche donde su amigo permanecía sentado. Sube, he forrado el asiento con un periódico. Y lo acercó hasta casa. No tardes. Descuida. Treinta minutos después regresaban a la serpiente humana, que ya rodeaba el edificio, Fran aseado y con ropa limpia. Miradas recelosas a lo largo de la fila. Estaban aquí, aclaró alguien. Ha sido una emergencia, subrayó otro. Fran agradeció la comprensión. ¡Viva el rock’n’roll!, exclamaron. ¡Va ser un concierto que te cagas!, gritó alguien, ajeno a lo que había sucedido. La carcajada fue unánime. En ese momento, el centro abrió sus puertas y comenzó la venta de entradas.