1147. GUEPARDO
Manuel Peris Junco | Anuk

Yo soy uno de esos que caminan rápido por la ciudad sorteando a sus sorprendidos viandantes, a los coches. Voy deprisa a todas partes. Nadie me adelanta. Yo los paso a todos, fulgurante, “arrancándoles las pegatinas”.

Me sé todas las artimañas de la calle. He crecido en ellas. La primera ley del peatón, conocida popularmente como “ley de la selva”, dispone: si al alcanzar a un mayor bamboleante cargado con bolsas que ocupa casi toda la acera vuelve la cabeza, se desplazará hacia el costado por el que lo vas a rebasar para “ganar la posición”, como en el baloncesto. Como conozco la disposición, nada más veo que se gira me dirijo hacia el lado contrario y paso como un cohete. No falla.

La segunda ley establece que si de frente viene un grupo que ocupa todo el enlosado, como en el juego “a tapar la calle, que no pase nadie”, debes dirigirte con paso decidido a atravesarlo por el centro. Nada de irte a uno u otro lado. Se produce el mismo fenómeno que en un banco de peces al que disparas un arpón. Se abre al instante y permite su paso por medio.

Hoy he salido de casa y al poco me exhibí con un adelantamiento a Gacela, una rauda preciosidad del barrio a la que tengo echado el ojo. De inmediato vi al impoluto nene tambaleante que se interponía en mi camino, pero confié en mi aceleración para sortearlo por la derecha. Sus apasionados papás lo observaban evolucionar a cierta distancia en aquellos primeros pasitos solo por la acera. Lo que yo no había previsto es que él también fuese tan rápido como para abrazarse a mi pierna izquierda para no caerse al rebasarlo con la derecha.

Debo hacer un inciso para explicar que soy zurdo, que juego al futbol y que la potencia de mi chut no es nada desdeñable.

Inclinado hacia delante no pude evitar dar la zancada con la pierna izquierda para no caerme. El bebé sentado en mi pie salió catapultado por los aires, dio de culo en pañales contra un árbol y cayó de bruces en su alcorque, repleto de cacas de perro. Entre aullidos y pringoso, pero de una pieza, por fortuna.

Me libró de un inmediato ajuste de cuentas que la mamá sufriese un ataque de histeria con soponcio incluido y que el papá tuviese que atenderla mientras yo levantaba e intentaba calmar al bebé, que me cedió con desprendimiento buena parte de los excrementos caninos.

Pedí torpes y repetidas excusas a las que los padres respondían con improperios y gestos amenazantes. Como debía ser un chico duro dejó de llorar y los padres se tranquilizaron. Tal vez no fue solo por eso sino también por observar mi enmerdado estado y pensar que ya se había hecho justicia divina.

Antes de dirigirme rápido a casa a ocultar mi jeta color sandía, recibí descorazonado la mueca de repulsa de Gacela con el labio superior arrugado en posición de Flehmen.