1355. «HABLO DESDE LA AUTORIDAD QUE ME DA EL FRACASO»
Vanessa Gil | Vanessa Gil

Era martes. Habíamos quedado todos los compañeros del máster, todos, guapos, talentosos y con un perfume de éxito especial. Yo no quería ir, de hecho, hubiese escogido mi sofá para echarme la mejor siesta del mundo y descansar un poco de toda mi exigencia. Pues bien, me vestí como mujer de éxito, me pinté los labios rojo frambuesa, me peiné con onditas finas, delicadas que aportaban glamur y sobriedad a mi look, y salí con una sonrisa Profident a comerme el mundo. ¿Comerme el mundo?
Apenas salí del metro tan divina y coqueta, comenzó a llover, llover de hecho fue un eufemismo, comenzó a jarrear con rabia. Sin paraguas intenté corre el medio kilómetro de subida al local donde todo el mundo estaba esperando. Y vino un coche a más kilómetros a la hora de lo legalmente permitido y se acercó a mi acera y provocó una ola tan grande que en ese instante la vi como si HULK tuviera un ataque de diarrea y necesitase urgentemente un baño y yo por supuesto, fuese para él un obstáculo. Me empapó hasta la médula. Paralizada, apenas reaccioné ante el ataque, cuando otro coche un poquito más grande, de nuevo decidió acelerar cerca, muy cerca de mi lado de la acera y me comí una segunda ola de un tsunami madrileño que no dejó seco ni las braguitas finas y delicadas que ese día de mierda me había puesto a juego con mi camisita azul cielo. Llegué como un oso panda salido de un after. Los ojos corridos, el pelo era un criadero de hojas y larvas, y mi atuendo super chic un trapo de cocina empapado. Mis compañeras atentas a mi estado emocional de ardilla perdida y arrastrada por una nube negra decidieron ayudarme, todas a una, me quitaron mi ropa, me secaron un poco el pelo y se deshicieron de mis zapatos y calcetines que acogían en ese instante una piscina olímpica. Es así, como acabé en ese local donde nos iban a dar una masterclass de “¿Cómo ser tu propia marca?” Desnuda, con una bata de seda sin zapatos y con el maquillaje como si un dogo me hubiese pasado su lengüita buscando en mi cara algún resquicio de dignidad como postre.
Veía sin escuchar de lejos a esa divina profesora, con sus mocasines perfectos como si con ellos no hubiese existido jamás una lluvia torrencial, su pelo con alisado japonés que no conoce el encrespamiento y su fina rayita azulada en el ojo mirando con dulzura a un público tremendamente similar, coquetos, exitosos, secos, sin hojas en el pelo, ni ojos corridos, hasta con zapatos y ropa interior limpia… Y entonces preguntó:
– ¿Qué es lo mejor de ti?-