887. HAL
FRANCISCO ROBLES MARTINEZ | Replicante

Mi primer robot de limpieza era un auténtico desastre. Si un electrodoméstico puede ser tonto, este lo era de remate. Jamás encontró el puerto de carga. Cuando regresaba a mi casa y confiaba en tenerla limpia, lo descubría exhausto en medio del pasillo y con la mitad de la tarea sin hacer. Eso cuando no se había tirado por las escaleras y yacía, ruedas arriba, en el descansillo. Harto de sus tendencias suicidas y de su incompetencia, pedí uno nuevo a los Reyes Magos.
Mi familia, al corriente de mis desventuras con HAL- como lo llamaba irónicamente- me regaló las navidades pasadas un robot de limpieza de última generación. Tiene wi-fi, reconocimiento de voz, navegación inteligente y qué se yo cuantos adelantos más. ¡Ah!, también se puede integrar en la red domótica e interactuar con el resto de electrodomésticos de la casa. Quienes vivimos solos añoramos compañía de vez en cuando y, dada mi fobia a contraer responsabilidades con otro ser vivo, agradecí que el aparato tuviera lo que el fabricante denominó función “Bienvenida”. Así, igual que una mascota, el dispositivo se activa cuando detecta que entro en casa y se acerca hasta la puerta a recibirme con un sonido como de fanfarria. Es conmovedor, la verdad, uno tiene la sensación de que alguien le ha echado de menos.
Desde hace un tiempo a esta parte lo noto raro. La función “Bienvenida” hace semanas que no responde sin que en el servicio técnico hayan encontrado la causa. Un día tuve que entrar por la ventana porque el aparato atascó la puerta con el palo de la fregona; dudo que fuera accidental. Otro día lo sorprendí frente al televisor sintonizando Tele 5 – ¡Sálvame, nada menos! – en mitad de la función” Limpieza Profunda”.
Cansado de sus tonterías, anoche lo llevé a mi despacho y tuvimos una seria conversación. Le he dado un ultimátum.