429. HALLAZGO
Carlos Aymí Romero | Quirón

Dice Stephen King que escribir es desenterrar un fósil, así que cuando encontré el fósil me puse a escribir. Era grande como un sueño y no me conformé con un dinosaurio. Tengo suficiente imaginación en mis intestinos y me sobran lecturas a la espalda, como para saber que si a un bicho enorme le sumas dos alas y un cráneo de escarcha, no puedes negar que has encontrado un dragón.
Encontrar un dragón no es fácil, sea fósil o no. Encontrar un dragón es creer que el destino te sonríe. Encontrar un dragón es solucionar tus problemas con el banco y quizá con la cama. Y yo acababa de encontrar un dragón. Joder.
La tierra donde dormía el hallazgo no era mía, sino de la montaña. Pero míos son los pasos que me llevaron hasta él. Y mía la casualidad. Y míos el pico, la pala y las rasquetas. Y mías también las horas y el sudor y las manos encalladas en una pregunta: ¿cómo se gestiona una duda que nunca nadie tuvo antes?
Por supuesto se sabe que una pregunta bastará para desencadenar la tormenta y ¿a quién acudir con un cuento huracanado, a quién confesar que tengo un dragón para mí, para ti, para el mundo? A mamá, diablos, ¿a quién si no? Y eso hice y ella me escuchó. Incluso vino.
Así que aquí estamos un consejo de Stephen King, un fósil de dragón, una montaña en mitad de ninguna parte, mi madre con cara de asombro, vosotros que me leéis y yo. Y todos, en mayor o menor medida, queremos escapar de aquí sin sumergirnos en el ridículo, queremos desenterrar los huesos sin perder la dignidad.
Sin embargo, no hay manera de contar victoria, porque el viento silva que la esperanza es una quimera. Y yo ya sé que los dragones existen, pero las quimeras todavía no, así que hago lo que puedo: sonrío. Y punto final.