Håndel según mi hermana
Yolanda Diaz Parra | Coco

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Tengo una hermana cantante. Ella lo sabía desde pequeña pero mis padres no, así es que la condujeron por otros caminos más prácticos. Echando la vista atrás no sé cómo no lo veían si vivíamos en un musical.

La llamábamos pajarito, se lo puso mi madre. A veces, nos tenía tan hartas de oírla que la decía – ¡calla un poco pajarito, hija! –, mi hermana reía y callaba pero no por mucho tiempo.

Ya de mayor, con la vida hecha, reclamó el tiempo para ella y reeducó su voz.

Esta navidad se ha presentado a aspirante para cantar “El Mesías” en el Auditorio Nacional, y como no podía ser de otra manera, la cogieron para interpretar las dos únicas funciones. Las dos.

Yo asistí a la segunda.

El auditorio maravilloso, forrado de bloques de madera disonantes asimétricos, lustrados por miles de notas salidas del centro mismo de la boca de un pozo de luz donde convergen instrumentos y músicos, cantantes y directores.

En mi representación había dos instrumentos que no sabía ni qué eran ni cómo sonaban, se mezclaban sus notas con los chelos roncos gigantes y con los trombones brillantes y rápidos, menos mal que el director, sabiendo que estábamos deseando oír el “laúd gigante de palo torcido”, decorado primorosamente con 10 clases diferentes de maderas, nos hizo un solo, que recibimos todos con una exclamación seguida de un suspiro.

Las luces no se apagan, no se atenúan, las luces acompañan, acarician y tintinean al compás de la música que extrae el director con el movimiento de sus manos y sus brazos y su cuerpo entero, de todos nosotros, hasta del público. Yo me descubrí guardando silencio, ni toser se oía, cuando el cerraba los puños con un ademán rápido y tajante y respirando cuando al soltar sus manos se volvía a escapar la música y no sólo de la orquesta, si no de 400 voces que, respetando el espacio del gigantesco órgano que encara al público, rodeaban la orquesta hasta el primer piso del auditorio.

“El Aleluya” fue maravillosamente interpretado por aquellos desconocidos que se habían colado en tu corazón, durante las 3 horas que duró el espectáculo.

Nos rompimos las manos a aplaudir, al director, a los músicos y a nuestros hermanos, padres, madres, primos, tías … nuestros familiares que frente a nosotros nos habían regalado un trocito de su tiempo y todo el ambiente era de felicidad tangible, la podías sentir tanto como veías las luces u oías la música.

En el bis, volvieron a interpretar “el Aleluya” y mi hermana tirando el libro de la partitura en la silla se puso a seguir las pautas del director con su cuerpo, sus manos y su voz.

– Mira tu madre, hijo, – dijo mi cuñado mientras le brillaban los ojos – la única que no necesita partitura de todo el coro – y su hijo rió de felicidad, contagiándose de la emoción de mi hermana.