670. ¡HAZ SENTADILLAS, CHIQUILLA!
LOURDES FRANQUET GARRIGÓS | Mare Blu

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… Arriba y abajo, a la derecha y a la izquierda… Sin prisa, pero sin pausa… Otra vez arriba, otra vez abajo… ¡Vamos!, que podría pasarme así, contemplando ese trasero, hasta que no me quedara ni un pelo en la cabeza, ni un diente en la boca, ni…»

—¿Abuelo? ¿Estás bien? —pregunté, mirándolo.

—¿Qué dices, cariño? —quiso saber mi marido.

—Digo que al abuelo le pasa algo. ¿No lo ves? Tiene la mirada perdida y parece que está murmurando algo… Pero no entiendo ni jota… ¡Ay! ¡Eso va a ser el dichoso alzhéimer!… A lo mejor no deberíamos haberlo bajado al parque, que a esta hora ya empieza a refrescar… ¿Eh, abuelo? —lo zarandeé, preocupada.

—Pero ¿qué es lo que quieres? ¡Que me vas a dejar sordo! —se quejó, malhumorado. Estaré un pelín desmemoriado, pero el oído me funciona de maravilla. El oído y la vista. Y parece ser que a tu marido también. ¿¡Pues no ves al embobado, mirando la maravilla de trasero que Dios le ha ‘dao’ a la zagala esa que ha pasado haciendo footing de ese por delante de nuestras narices!? Es que ese culo tiene la redondez perfecta. Me recuerda las sandías que recogía de mozo en la huerta. Ni muy gordas, ni muy pequeñas. Duras por fuera y jugosas por dentro. ¡Vamos!, un culo como Dios manda, ¡sí señor! Con ese vaivén juguetón que te atrapa los ojos y te deja atontolinado, con cara de pasmarote. Pues, más o menos como la que tiene tu señor esposo ahora mismo.

A la sorpresa de escuchar al abuelo, hablando cual jovenzuelo, dominado por chispeantes hormonas cargadas de picantes comentarios sobre las virtudes de esos glúteos, se unió el desconcierto de descubrir a mi marido, absorto en el mismo ritual hipnótico que había mantenido en trance al abuelo, minutos antes. Lo mío me costó devolverlo al mundo de los vivos.

—¿Decías algo, cariño? —se sorprendió él, con cara de pánfilo.

—Decía que, para quejarte de que no ves muy bien últimamente, te estabas poniendo ciego… Eso decía —lo regañé, inquisitivamente.

—¡Bueno!… Es que ese culo es de liga, niña. Ya te digo yo que no tiene competencia —constató el abuelo—. ¡Años hacía que no contemplaba una maravilla así!… Y si no, que se lo pregunten a tu marido… Porque, esas chiribitas que le hacen los ojos no me las invento yo. No señor.

—¡Hombre, abuelo! ¡El mío no está nada mal! ¿A que no, cariño? —me giré, esperando la aprobación de mi marido.

—¡A ver! Es verdad que no está nada mal, pero… —titubeó él.

—Pero ¿qué? —lo desafié, cabreada.

—Pues lo que tu esposo quiere decir es que hagas sentadillas, chiquilla. ¿O no? —se rio mi abuelo.

El mutismo de mi marido le valió una noche durmiendo en el sofá y varias cuotas mensuales de mi nueva subscripción al gimnasio. Ahora, cuando nos toca paseo, vamos al club de petanca con el abuelo. Y de culos no se habla.