HELLO KITTY
Silvia Gonzalez Laá | Kika

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Había preparado todo como si fuera una cita. El mantel para las ocasiones especiales, una vela en el centro de la mesa y dos copas: en una serviría vino y en la otra leche. El olor de la lubina al horno invadía la cocina y llegaba al comedor, donde la gata dormía tranquilamente, ajena a la sorpresa que le tenía preparada.



Sería una buena ocasión, pensó, para preguntarle si le gustaba la nueva marca de pienso ecológico o prefería la que solía comprar antes. Por fin podría explicarle que fue su veterinario quien le recomendó cambiar la lata diaria que tanto le gustaba por aquel pienso seco tan poco apetecible. “Más sano y más barato”, le había dicho… ¿Entendería la gata de salud y de economía doméstica?



El dispositivo Hello Kitty, lo último en IA aplicada a la comunicación entre humanos y felinos, esperaba encima de la mesa el momento en que ella lo sacara de la caja, se lo pusiera a la gata alrededor del cuello, como un collar, y lo conectara al altavoz. Y después… ¡Magia! Podrían comunicarse, hablar la una con la otra como si fueran amigas.



“Como si fuéramos amigas”. Recordó aquella frase que le había dicho el dependiente. “¿Acaso no eran ya amigas?”. La gata no conocía otro mundo que no fuera esa casa, a la que había llegado con sólo un mes de vida, cuando ella aún vivía con él y con sus hijas. Pero él ya se veía con “la otra” entonces. Se preguntó si la gata lo había sabido antes que ella. Seguro que sí.



Hacía siete años que él se había ido, y cinco que se habían ido sus hijas. Todo ese tiempo llevaban viviendo juntas sin intercambiar palabra. La gata había sido su pilar, su consuelo, su única compañía durante la depresión, la enfermedad, la pandemia… una amiga muda pero incondicional en los peores momentos. Recordó la etapa en la que bebía demasiado y lloraba hasta el amanecer. También la época en la que se enganchó a las citas por internet. Recordó, avergonzada, que la gata había sido testigo de cada uno de sus fracasos amorosos.



Pensó en todas aquellas mañanas en las que no podía ni levantarse de la cama, y la oía maullar desesperada tras la puerta. “¿Qué sabrá ella de depresiones?”.

Recordó las miradas de reproche que la gata le dedicaba cuando llegaba borracha, de madrugada, sola o mal acompañada. Cuando mentía a sus hijas por teléfono. Cuando olvidaba limpiar la casa durante días. Pensó que de aquello hacía mucho tiempo, pero se acordó de que, hacía solo un mes, la había dejado sola dos semanas para irse a un seminario de yoga.



Miró a la gata, que se desperezaba plácidamente. Corrió a apagar el horno. Quitó las copas de la mesa, la vela y el mantel. Cogió la caja de Hello Kitty y la metió en el fondo de un armario.