HERMANOS DESOLADOS
VICENTE AGUADO MUÑOZ | SENTO MUÑOZ

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La primavera había llegado. Los hermanos Jonás y Adela vivían en una casa apartada y distante a la que solo se accedía por un camino de un bosque poco frecuentado. Tan sólo el panadero sería el único contacto con el exterior. Todo hacía preveer que había llegado el día del no retorno.

Ya son las ocho y queda poco para anochecer. El sol empieza a ponerse. Hace una tarde despejada y fría. Me gusta ver la puesta con esa claridad lumínica llena de colores cálidos que va descendiendo poco a poco hasta que, finalmente, desaparece mientras deja pasar a un azul frío, antesala de una gélida noche.

Espero ver pronto la llegada del panadero a tiempo. Llevamos tres días y ya apenas queda provisiones. Encargué todo lo que me pediste además de pan, claro… Me pregunto ¿qué le habrá pasado? Tendría que haber llegado ayer y me inquieta esta demora.

¿Madre sigue durmiendo?

No contestas. Sigues con tu única preocupación, ese suéter de lana que no dejas de tricotar en tu mecedora. Para ti el tiempo no importa, no lo notas; diría más, ni lo percibes. Te has convertido en una insensible y me dejas solo con toda la responsabilidad de la casa.

Sigues sin contestarme ¿Madre sigue durmiendo?

Me pides que vaya yo a comprobarlo aun a sabiendas que no puedo moverme de aquí porque tengo que vigilar la casa desde está ventana. Al caer la noche estamos expuestos a ser presas de seres extraños o de bestias irreconocibles ya que si nos invaden, no volveríamos a ver amanecer alguno.

Recuerdas cuando éramos niños. Madre siempre nos metía en casa a la puesta de Sol. Era temerosa y no dejaba de prevenirnos contra todo animal o bestia que se nos acercara. Tú no le hacías mucho caso. Te gustaba hacerle la contra y cuando no se daba cuenta salías a hurtadillas; toda vez que me pedías que te encubriera y le despistara si preguntaba por ti. ¡Te aprovechabas de ser la mayor y eras hábil con tus sutiles amenazas!

Crees que no me di cuenta, pero sé que una de esas noches al regresar todo cambió. Trajiste a tu habitación a ese animal o bestia, no sabría decir bien pues con la puerta entreabierta no pude ver con acierto… Pero sí, os oí con tanta agitación que no sabría distinguir. Me asusté y volví a mi habitación… A la mañana siguiente, te vi extraña, diferente, más orgullosa aun si cabe. ¡Te enfrentaste a madre bruscamente y ahí acabó todo!¡Me obligaste a ser tu silencio!

¿Por qué no quieres despertar a madre si es que sigue durmiendo? ¿Acaso temes haberte sobrepasado?… No me contestas para que sea yo quién vaya y te diga lo que tú ya sabes… ¿Es eso?

¡Se escucha algo! ¡Además se ven luces intermitentes de color azul !Vas a tener que dejar tu suéter. Se acercan a esta casa. Son muchos y no veo al panadero. Esta vez…, no podré encubrirte.