1089. HERMELINDA, HISTORIA DE UNA VENGANZA
IGNACIO GONZÁLEZ PRIETO | EVA KUOLFORT

Se decidió a actuar de modo inadvertido. Era un ser invisible entre los invisibles, ignorado entre los ignorados. Su eterna sonrisa, solícita y hasta cierto punto bobalicona, no hacía presagiar en absoluto el grado máximo de hastío y desengaño que había llegado a sentir cuando Peláez, su compañero desde 2006, había sido ascendido en su lugar, a pesar de poseer menos talentos y aptitudes, a excepción de ser sobrino de Don Gregorio.
Francamente cansada de ser la que pagaba el café de media plantilla, la que siempre se quedaba para arreglar imprevistos y desaguisados de última hora, la eterna olvidada ante comilonas de empresa, viajes de congresos y otras francachelas diversas.
Ninguno de sus jefes o compañeros sabía que aquel viernes que llamó excusándose por haber pasado mala noche a causa de su colon irritable, en realidad había madrugado mucho, y había conducido 200 Km para reunirse con el director de una entidad bancaria de la provincia de Jaén, donde ingresó su boleto premiado con la máxima categoría y el bote acumulado de meses sin acertante de la lotería primitiva. Era dueña de una cantidad escandalosamente indecente de dinero. Antes de regresar al pueblo, hizo una parada más, para hacer unos encargos.
Cuando el lunes siguiente llegó como de costumbre la primera, y preparó la cafetera de la que bebían todos los empleados, nadie sospechó lo más mínimo de que el café hubiera sido “aliñado” con tremenda dosis de laxante que hubiera hecho pasar por conde-duques de la ilustración a los gorrinos de cualquier explotación jabugueña.
Nadie preguntó cómo estaba o qué le había pasado el viernes, se limitaban como siempre a llenar sus tazas y a comentar los partidos de fútbol del domingo anterior o su reality favorito. A las 11 comenzaron las primeras carreras hacia el baño de la primera planta. Más o menos a la misma hora en que unos repartidores uniformados empezaron a llenar el espacio del vestíbulo con trípodes de madera, donde iban depositando enormes coronas de flores de las que se envían a los funerales. Pensaron que sería alguna broma macabra de los contables. Cada corona iba enmarcada por una delicada banda con leyendas y mensajes personalizados alusivos a los empleados de la empresa. Este desfile floral finalizó con la aparición del más exuberante centro de rosas blancas y encarnadas que pudiéramos imaginar, que el repartidor pasó directamente a ubicar sobre la mesa de Hermelinda.
Ella alcanzó su bolso y ofreció un billete de 50 euros al mozo, agradeciendo todo su trabajo. Después, tomó de su mesa un sobre que traía preparado de casa, y se dirigió al despacho de Don Gregorio para comunicarle de un modo muy curioso su dimisión. El escrito rezaba de la siguiente manera: “Desde hoy lunes en adelante, traspaso mis deberes y obligaciones a Eugenio Peláez. Si me necesitan, estaré de crucero por las Islas Laquedivas. Atte: Hermelinda Lucientes. P.D. Les he dejado en el almacén un paquete de 32 rollos de papel higiénico, por si tuvieran repentina necesidad.”