Héroes imperfectos
Alejandro Miguel Toledo Arruego | cochemandarino

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Era la primera vez y, como todas las primeras veces, estaba inquieto. Sentado frente al espejo, no encontraba las palabras con las que ensayar mi discurso, el cual tendría que improvisar delante de unas doscientas personas en menos de veinte minutos.

Y mira que esa mañana me había levantado relajado, rugiendo en silencio mi soledad, decorando con la mente mi zona de confort, etc. En mi rutina y en mi anonimato era feliz.

Sin embargo, el destino es caprichoso y, justo ese día, decidió que debía conocer a mi objeto de deseo desde que tengo uso de razón. Una actriz de raza y curvas sinuosas a las que no puedo dejar de ver hipnotizado cuando aparece en la pantalla.

Estaba de promoción en la ciudad y, en un descanso, salió a la calle, con tan mala pata que se topó con una banda de maleantes deseosos de desposeerla de sus numerosos objetos de valor.

Y a fe que lo estaban consiguiendo hasta que aparecí yo quién, en un ataque de ardor guerrero, me lancé a su rescate. Llegué algo tarde, he de confesar.

Ella, versada en mil artes, demostró una agilidad felina y unos conocimientos profundos de artes marciales para deshacerse de casi todos ellos casi sin despeinar su cuidada melena.

A mí me dejó el más enclenque. No opuso mucha resistencia, sabedor que prefería un torpe puñetazo mío antes que una llave de ella.

Al acabar, teníamos ante nosotros decenas de curiosos con los móviles desenfundados grabando la situación.

En menos de una hora éramos tendencia en las redes sociales.

De la nada había pasado a ser un salvador, buen samaritano, héroe, amante y futuro padre de los hijos de la actriz a quién ni había dirigido una palabra ante tanta vorágine.

Daba igual, de improviso me habían llegado mis diez minutos de fama y, queriéndolo o no, tenía que salir ante decenas de cámaras, para soportar una lluvia de preguntas a las que apenas podría dar réplica.

Así, maquillado, con una ropa prestada que no podría permitirme ni con el sueldo de seis meses, salí de la mano de ella quién, con experiencia en esas lides, me soltó una de sonrisas que acabó con todos mis miedos.

No recuerdo mucho más. Imagino que balbucee algo inconexo y la atención se centraría en ella.

Por suerte, a los pocos días volví a ser de nuevo un olvidado.

De la experiencia me quedo con ella y con ese mensaje de agradecimiento que me manda cada año junto con una caja de bombones de esos que solo venden en tiendas situadas en zonas selectas.