320. HEZ
Gustavo Jiménez Limones | GusLemon

La tragedia está servida. Ni el heredero del trono de hierro vivió tal penuria como la que ahora están viviendo mis carnes, las carnes de mis glúteos concretamente, en este otro trono, el de cerámica donde me veo atrapado. El hecho es que mientras cenaba con Martina, en la que es nuestra primera cita, he sentido como mis intestinos gruñían avisándome de una inminente expresión física por su parte en forma de hez. Me he disculpado con la joven y me he dirigido al baño del restaurante. Tenía que darme prisa. Todo lo que debía pensar Martina es que mi vejiga me obligaba a expulsar los restos del buen vino que estábamos catando. Si tardaba más de la cuenta descubriría mis intenciones en el excusado y su imaginación comenzaría a trabajar dibujando mi cara en un gesto de esfuerzo, mi cuerpo acuclillado con las rodillas como estandarte y mis pantalones de poliéster arrugados a la altura de mis tobillos. No era la imagen que quería que tuviera de mí. No todavía. La operación parecía sencilla: desabrochar pantalones, bajar pantalones y calzoncillos, sentarme en el retrete, expulsar los sobrantes de mi alimentación en un único y decidido empujón, tomar suministro de papel higiénico, doblarlo en cuadrados para darle la suficiente consistencia, limpiar restos de la zona de expulsión, recuperar la verticalidad, subir calzoncillos y pantalones, abrochar pantalones y tirar de la cadena para que el agua arrastre hasta el mar las pruebas de mi crimen romántico perfecto. Tenía que ser eficiente, lo cual no parecía difícil porque se trata de un campo que domino. De hecho lo practico una o dos veces cada día, tres los días de kiwi o fabada. Primer paso completado; segundo paso ejecutado a la perfección; sentarme no es una complicación, aunque el mármol está un poco frío para mi gusto, y la extracción es fluida y tan liberadora que me parece oír los compases de la “La marsellesa” provenientes de las profundidades del váter. Llega el momento para la higiene. El producto no ha resultado ser del todo sólido y me preparo para un ejercicio de acción repetición sobre mi ano y su periferia. Alargo la mano hacia el suministrador de suave hoja con la que eliminar toda prueba de mi escatológico delito, pero mi tacto no siente papel sino plástico en forma de cilindro mostrando la desnudez del portarrollos. Ni siquiera queda el esqueleto de cartón que anuncia que el rollo, aquel que parecía infinito, ha pasado a mejor vida. Sin duda ha sido aprovechado como medida desesperada por el anterior portador de excrementos, que en aquellos momentos seguramente ya va por los postres. Intento buscar un pañuelo en mis bolsillos, pero solo siento el vacío y como la mierda se va filtrando en mi hasta entonces pulcra piel. Espero sentado mientras la piernas se me adormecen. Una hora, dos. Han golpeado la puerta y he callado por vergüenza, mientras que Martina se ha marchado después de verme en su mente cagando.