1519. HIPERREALISMO
Alberto Corzán | Luz azul

Es un pintor de mucho prestigio. Un maestro del hiperrealismo cuyos cuadros, elaborados con tremenda parsimonia, le reportan sumas astronómicas. Pocos artistas viven cómodamente con los ingresos de una sola obra. Él, además, tiene la suerte de poder demorarse durante años en el mismo cuadro, dando una o dos pinceladas maestras cada día. O incluso ninguna. Quizás por eso sus cuadros transmiten tanto sosiego. Los críticos de todo el globo celebran su técnica fotográfica y la elegancia de sus composiciones. Sus exposiciones provocan grandes aglomeraciones. Y sin embargo, pese a ser un hombre tan admirado, su trabajo no le satisface.

La pintura es la forma que ha encontrado de ganarse la vida, pero lo que el prestigioso pintor querría es llevar la contabilidad de una gran empresa. El sueño surgió en la adolescencia. Se veía a sí mismo con unas gafas bifocales apoyadas en el borde de la nariz, la visera calada y una chaqueta de coderas desgastadas, haciendo números a la luz de un flexo mientras el resto de la plantilla dormía. Le fascinaba la idea de hacer cálculos en el seno de un gran edificio envuelto en la oscuridad. Se matriculó en la carrera de administración y dirección de empresas con el propósito de convertirse en una calculadora humana. No escatimó horas de estudio, pese a que enseguida se hizo evidente que no estaba llamado a alcanzar la gloria numérica. Las normas contables le desbordaron ya en el primer semestre y, por más que se esforzó en comprenderlas, nunca logró equilibrar los balances más sencillos. Mientras batallaba con los asientos, llenando libretas enteras de operaciones erróneas, empezó a pintarrajear los márgenes de las hojas hasta que, en el segundo año de carrera, una compañera reparó casualmente en aquellos dibujos y le hizo ver que tenía un enorme talento. Su padre era galerista, así que no le decía aquello como un mero cumplido. Le auguró un brillante futuro si se dedicaba seriamente a la pintura, pero el estudiante siguió aferrado a su sueño de adolescente hasta que, tras suspender por octava vez el examen de Sistemas de Información Contable (SIC), se vio obligado a abandonar la carrera.

Al cabo de varios meses se compró un kit de pintor y, de mala gana, empezó su primer cuadro. El tema elegido fue un edificio industrial, de noche, envuelto en el halo amarillento de dos farolas. En un extremo de la fachada se veía un cuartito con la luz encendida. Cuando lo acabó llamó a su antigua compañera de estudios para pedirle su opinión. Ya convertida en una avezada mujer de negocios, se apresuró en redactar el contrato de representación. El contable frustrado estampó en él su rúbrica, inaugurando de esta forma su carrera de pintor. Con los ingresos de las primeras ventas adquirió una antigua fábrica de conservas, instaló su taller en uno de los despachos y comenzó a pintar de noche, a la luz de un flexo, sentado en la mesa del contable.