Hiraeth
VERÓNICA RUIZ CELDRÁN | Strawberry Fields

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La semana pasada volví a Madrid y pensé en llamarte, pero una vida puede cambiar tanto en 2 años, que no me atreví. ¿Para qué, además? Sentiría otra vez que vivo en la ciudad equivocada, y en el país equivocado, adonde regreso sin remedio tras pasar un rato contigo. Fui a la Ardosa y deseé que el destino, en el que no creo, te hubiera llevado a ese mismo bar en ese preciso momento. Pero no estabas ahí. Pedí un vermut y recordé los primeros mensajes que intercambiamos, y en lo absurdo que es dejar las cosas del amor en manos de un algoritmo.

Todo empezó en el Reina Sofía, parada ante un cartel que decía: «SOCIEDAD TÉCNICA DE ENFERMOS DE MONOTONÍA DESAMPARADOS DE ENTUSIASMO Y FALTOS DE ORIENTACIÓN EN LA VIDA». Supongo que fue por eso que le confié mis amores al maldito algoritmo y le di a enviar. Los dos estábamos ocupados aquel domingo, y quedamos en vernos al día siguiente, después del trabajo.

Tuve mil reuniones y tú dabas los últimos toques a una entrega, así que llegaron las diez de la noche y seguíamos sin plan. ¿Cómo no vamos a estar desamparados de entusiasmo? No íbamos a tener más ocasiones, y decidimos quedar en la Plaza del Carmen, justo delante de mi hotel, a las diez y media.

—¿Qué llevas?

—Un vestido negro y un bolso amarillo.

—Ya te vi…

La Pescadería, en la calle Ballesta, tenía buenas opciones vegetarianas, que acompañamos con Cair Cuvée —al volver a Londres, compré una botella, que nunca llegué a abrir. Hablamos de todo, y al pagar la cuenta sentí pena por el poco tiempo que habíamos tenido. Pero enseguida propusiste tomar algo más, y ni te dejé acabar la frase, claro que me apetecía, y claro que no era tarde ni estaba cansada. Te reíste de mí por querer tomar un vermut a medianoche, y luego tú también pediste uno. Vermut tras vermut, nos contamos media vida. A veces fingí no poder oírte con tanto ruido, para que te acercaras, y así sentir en mi pelo la caricia de tu aliento. La Ardosa cerró pasadas las dos y me acompañaste hasta mi hotel.

Acabé la copa con mis recuerdos como única compañía y fui a dar un paseo. Bajé la Calle de la Madera, donde me alojaba la tercera vez que nos vimos. Seguí por la Calle de la Luna, la Calle del Desengaño, y crucé la Gran Vía. Los galeses tienen una palabra para esa sensación de añoranza y melancolía por los lugares o incluso las épocas que no has vivido. Hiraeth. Y así pienso yo en ti y en Madrid. Distraída con estas ideas, dejé que mis pies decidieran el camino. La Plaza del Carmen está en obras y las baldosas que apenas pisaba cuando me diste aquel primer beso han desaparecido. Serán reemplazadas por otras nuevas. Baldosas sin grietas, páginas en blanco sobre las que escribir otra historia, para la ciudad y quizás para nosotros.