115. HORROR ¡ME HA TOCADO NIÑO!
Lorena Álvarez de Sotomayor Parres | Luna Cubista

Estoy relajado en el avión. Faltan escasos minutos para despegar. Al otro lado del charco me esperan las ansiadas vacaciones.
Me deleito en ese pensamiento hasta que, de pronto, escucho un berrido espeluznante.
Unos padres recorren pesarosamente el pasillo arrastrando a un niño de unos dos años que se agarra con pies y manos a donde puede para evitar el avance.
Suplico a los dioses que se sienten lejos. No me escuchan. El angelito los ha dejado sordos. La madre y la criatura terminan acomodados detrás de mí. El padre a mi lado.
La familia al completo cae rendida al despegar. El infante funciona como lexatín. Agradezco infinitamente que el vuelo sea nocturno.
No pasa ni una hora cuando siento un cosquilleo en la cabeza. Medio adormilado, alzo la mano y me topo con lo que parecen las piernas de un muñeco abriéndose paso por entre mi pelo.
Elevo los ojos y descubro, a escasos centímetros, la cara del niño con mocos oscilantes. Huyo hacia delante con el juguete colgando por un pie desde mi coronilla y giro la cabeza todo lo que permite la anatomía humana para establecer contacto visual. Mientras intento desenganchar el maldito muñeco, le explico que el pelo es un bien preciado, cuando sea mayor lo comprenderá.
Por fin logro soltar el troll o lo que sea y se lo devuelvo. La criatura no muestra señales de entendimiento. Le lanzo la mirada del tigre. Un poco acobardado se repliega a su asiento.
Empoderado por la victoria, le propino un sorbo al whisky y vuelvo a relejarme. Aproximadamente un minuto después percibo un hedor nauseabundo. Abro los ojos, desconcertado, y doy un respingo. Tengo al niño frente a mí mirándome fijamente. Me entran escalofríos. Le pregunto que qué pasa y me acerca a la cara una de sus pequeñas manos llena de <<¡¿ excrementos?!>> El terror me invade. Me retraigo todo lo que puedo mientras enciendo la luz. No hay duda. ¡Es mierda!
El infante señala mi pecho con su dedo. Miro mi camisa. <<¡¡Horror!!>> Me desabrocho el cinturón y salto por encima del padre, que parece una pintura rupestre.
Enfilo el pasillo hasta el baño. Ocupado. Pasan diez minutos. Sigue ocupado. Aporreo sin piedad y sale un pasajero ofendido que me mira con repugnancia.
Hago control de daños en el espejo. ¡Se ha solidificado! ¡¡Y también tengo en la cara y el pelo!! Me enjabono y froto con desesperación. Alguien intenta abrir “¡¡Ocupado!!”, grito “¡Y voy a tardar!”.
Insisten. Abro la puerta, enfurecido, y me encuentro con ¡el niño! <>.
Me espeta “Caca”. Está completamente embadurnado.
“¿¡No me digas?!” farfullo mientras busco a sus padres con la mirada. Siguen noqueados. Intento encontrar a algún miembro de la tripulación. Seguro que están agazapados.
La criatura, que pretende que le cambie el pañal, comienza a avanzar hacia mí extendiendo las manos excretadas. Retrocedo apavorado con tan mala suerte que me resbalo y termino sentado en el inodoro.
En ese momento juro que me haré la vasectomía.