1237. HOY ES UN BUEN DÍA PARA SONREÍR
Laura Sánchez de Rivera García | Mr. Wonderful

Tengo una taza de Mister Wonderful que me mira con ojos golosos todas las mañanas. Me mira y me susurra con una mueca bobalicona: «Hoy es un buen día para sonreír». Yo le devuelvo el gesto torcido, vierto el café en su interior y suprimo las ganas de lanzarla por la ventana y poner fin de una vez a este bombardeo de arcoíris que casi me atraganta.
«Hoy». Cómo que hoy. Dentro de esta frase vomitiva se integra la idea de tener que exprimir al máximo cada instante de vida, creando un sentimiento de culpabilidad entre los que disfrutamos revolcándonos en nuestra apatía diaria. Tanta energía feliz a mí me agota. No. Hoy no es un buen día para sonreír; no más que cualquier otro, porque mi vida se integra en una mañana idéntica a la de ayer y en un trabajo que se esfuerza por calcar cada segundo de la semana y reproducirlo. La idea de «disfrutar del ahora» que tanto se ha infiltrado en nuestra generación, creando seres centrados en gastar más de lo que producen en placer instantáneo, tiene su pequeña dosis de toxicidad bajo unas preciosas galas de restaurantes caros y viajes a Maldivas. Yo, —lo reconozco— también me integro en esta vorágine de felicidad de pastiche, tratando de huir de este sinsentido final distrayendo a mi mente a través de ideas y planes diarios y, a veces, un poco de creatividad. Pero soy una farsante —confieso—, tal vez la más farsante entre los farsantes, porque soy consciente de mi propia actuación. Una actriz en un teatro que recita de manera forzada su papel, al saber que el placer instantáneo nunca bastará para cubrir esta montaña de mierda llamada «angustia vital». Yo, que bebo esta mañana en esta taza que me dice que hoy es un buen día para sonreír, cuando ni estoy segura de que el concepto del «ahora» sea claro en la elaboración de mi plan vital. ¿Qué importancia tiene el «hoy» entre todos estos instantes idénticos que se mezclan y entrelazan formando una masa indistinguible? Hoy y ayer son la misma cosa, aunque intentemos seguir jugando eternamente a esta búsqueda del sentido que pinte nuestros días, disfrazándolos con un maquillaje demasiado cargado como para resultar natural. Se os ve el plumero, días idénticos. Por mucho que me esfuerce por individualizaros y daros vuestra propia existencia, sé que al final, cuando el tiempo me vaya avisando de que detrás del tic no viene el toc, todos me vendréis a la mente siendo una misma cosa. Y habrá dado lo mismo que me haya esforzado, o no, por poneros nombre y apellido, porque mi ahora de entonces será «y qué más da».