HOY NO PUEDO, TENGO UNA CITA
Anuska Ruiz Gómez | Brownie de vainilla

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“Hoy no puedo, tengo una cita”

Ese fue el mensaje que envío un martes cualquiera de un mes cualquiera a su casero. Este, respondió con un escueto “OK”. Llevaba un tiempo insistiendo en que se pasara por el piso para ver una mancha negra, muy negra en el techo del baño.

Sin embargo, dio igual que Laura lo remarcara en su mensaje. El dueño del piso, un señor austero en maneras y, por lo visto, también en lo concerniente a su propiedad, hizo caso omiso de la llamada de socorro de su inquilina. “Mensaje ignorado con éxito”.

Pasaron los días. La mancha del baño tomando nuevas formas, creciendo. Laura, observándola. Primero con repelús. Después con desdén. Y al final de muchos días, con verdadero interés psicológico. Tanto fue así que, en sus momentos de necesidad fisiológica, apartaba el teléfono móvil a un lado para abandonarse a la imaginación de siluetas. “Rorschach se sentiría orgulloso de mi”, pensaba con una mueca cómica sentada en la taza.

Cuando por fin el casero hizo gala de un interés real por la invasión de moho en su baño, Laura tuvo el orgullo alto y la delicadeza justa para decirle: “hoy no puedo, tengo una cita”. Lo que desconocía el casero es que su inquilina, una mujer de apariencia responsable, educada y nada conflictiva hasta la fecha, iba a resultar tan directa en lo que su vida sentimental se refería. Había firmado el contrato de alquiler sola, sin pareja, gato o perro a la vista. Entraba y salía del edificio sin hombres. Tampoco mujeres. Lo supo gracias al vecino del rellano.

Ese día, Laura solo tenía pensamientos para el encuentro pactado. Ni la gotera, ni el casero, ni la facturas, ni la cesta de la ropa sucia a rebosar tuvieron un lugar en su mente. Ella sentía un hormigueo de curiosidad e interés que la subía por los pies y terminaba en la garganta, escapándose en forma de suspiro. Mientras elegía un atuendo favorecedor, recordó a sus padres y se preguntó qué habrían sentido ellos por primera vez.

Salió a la calle con tiempo de antelación, reservándose así minutos con los que caminar despacio y detenerse en aquellos escaparates que devolvieran su reflejo. Cuando quiso darse cuenta, sus pasos la habían conducido al lugar. Una leve sensación de calor se apropió de sus mejillas, dándole un aspecto juvenil a su rostro ya maduro. Frente a la puerta, tomó aire y se impulsó al interior con la sonrisa en la mirada. “Buenas tardes”, la dijeron. “Hola. Tengo una cita reservada para las 18 en punto”, respondió. “Aún no ha llegado, ¿te importa esperar aquí sentada? No tardará”. “Claro” asintió Laura. Un minuto después de que se sentara, sonó la campanilla de la puerta anunciando su llegada. “¿Laura? Hola, disculpa el retraso. No conseguía aparcar. Soy Darío, el optometrista. ¿Preparada para tu primera revisión ocular?