1488. HUERTO URBANO
Rafael Galdo Peinó | Napoleoncio

Me desplazo al trabajo en bicicleta. Utilizo una totebag para ir a la compra y desayuno en un bol reutilizable. Siempre creí que tenía que poner mi granito de arena para hacer el mundo un lugar mejor. Por eso, cuando vi el taller de “Agricultura ecológica” del ayuntamiento, no dudé. ¡Quién me iba a decir que allí encontraría el amor!

Hubo varios momentos donde pensé que podía ser ella. Quizá fue cuando nuestras manos se tocaron por primera vez. Estábamos recogiendo abono ecológico de la compostera; el tacto húmedo del estiércol, el aroma campestre y un suave cosquilleo fue lo que despertó la chispa. La suerte estaba también de nuestra parte, y ambos tuvimos que ir al centro de salud por una sensación de picazón y una ligera febrícula. Según nos comentaron más tarde, se suelen emplear guantes para las tareas agrícolas. Un tema relacionado con las garrapatas y la protección de la piel.

Durante las cinco horas que estuvimos en la sala de espera pudimos hablar, reír, soñar. Compartimos nuestras ilusiones de una vida autosuficiente, respetuosa y circular. Ahí volví a pensar que tal vez había encontrado a la persona que me complementaba.
Mientras me extraían las garrapatas con meticulosidad, recuerdo que ella sujetaba mi mano y le pedía a la enfermera que tuviese cuidado, pues no sería justo acabar la vida del parásito. No sabía a quién de los dos se refería: en cualquier caso, me parecía bien.

Empezamos a vivir juntos casi inmediatamente: no tenía sentido generar el doble de huella de carbono pudiendo aprovechar los recursos de un único hogar. Escogimos un piso con terraza para perfeccionar la labranza. Para optimizar la producción, no escogimos macetas, porque su producción está deslocalizada; simplemente esparcimos una capa de 40 centímetros de tierra en la terraza. Sacamos la tierra del parque que teníamos enfrente al portal. Siempre apostamos por utilizar recursos de proximidad para nuestros proyectos.

Desgraciadamente, nuestra vida en común en la ciudad llegó a su fin en febrero. Era un invierno lluvioso, muy bueno para nuestras alcachofas, que estaban creciendo con vigor, pero muy malo para nosotros. El peso de la tierra, empapada de las copiosas lluvias, colapsó parcialmente la terraza, lo que no agradó al propietario del piso.
Nos echó y tuvimos que dar el paso lógico: mudarnos al campo. La vida en el rural era lo que siempre habíamos soñado: campo, tranquilidad y aire fresco. Compramos una pequeña casita de piedra que fuimos arreglando con ayuda de vecinos y amigos del curso de agricultura. Tras un par de años, conseguimos tener agua caliente, electricidad generada con biomasa y todo lo que necesitábamos para ser autosuficientes. Pero nos faltaba algo. Nos dimos cuenta de que nos habíamos olvidado de lo más importante: concienciar y educar a la gente de nuestro entorno en la ecología. Y, con todo lo que habíamos aprendido, fundamos el primer huerto urbano-rural. Aún estamos trabajando en el nombre.