533. HUESOS DE SANTO
Luciano Montero Viejo | COMETA AZUL

Papá era un santo, aunque algo extravagante. De repente solía decir:
-Me gustaría perdurar en mis descendientes, pero no sólo en sus recuerdos y en sus genes, también en sus estómagos. Cuando muera me gustaría ser devorado en una fiesta familiar. No puedo imaginar nada más tierno y entrañable.
Quizás ser el patriarca de una dinastía de reposteros explique tales fantasías, un tanto canibalescas. Papá murió poco antes del Día de Difuntos, consumido por el tabaquismo, su único defecto, y yo me empeñé en ser el depositario de sus cenizas. Les brindo la receta, es un secreto:
“Se hacen los cilindros de mazapán y se glasean. Luego se introduce la crema a base de canela y cenizas del difunto”.
Los nietos fueron quienes más los disfrutaron. Mi mujer dijo:
-Este año te han salido deliciosos, con ese toque de tabaco y canela. Qué sofisticado eres.