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Yaiza García López | Yai

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Una de espías, un dramón y una de dibujos animados con unas criaturas de difícil clasificación.

Esos carteles eran ya lo único que quedaba de aquel elegante cine que hacía unos meses había cerrado sus puertas. Ya no olía a palomitas, sólo a moho. Ya no resonaban en él las risas, los llantos y los besos robados en la oscuridad. En su lugar, había arrullos de palomas y el ulular del viento colándose por algunas rendijas y removiendo las hojas y la basura acumuladas en la entrada.

Loli nunca había venido a este cine. La verdad es que ella casi nunca iba al cine. Le bastaba con la suscripción a una de esas plataformas digitales que su compañero de piso decía compartir con uno de sus primos.

Aun así, le parecía muy triste ver vacío aquel edificio. La escalera de mármol, las columnas y los señoriales pasillos era ahora sólo para ella.

“Ojalá me hubieran enviado a una obra, allí al menos puedes fumar,” pensaba. Pero no, a ella le había tocado ser la segurata de aquel enorme edificio que de noche daba bastante mal rollo.

Las horas se estiraban allí dentro como los chicles que necesitaba masticar para sustituir su dosis de nicotina. Al menos, le acababan de chivar que una de esas marcas de ropa barata había comprado el edificio.

Eso significaba que habría más presupuesto y, como empezarían con la rehabilitación, la próxima semana le enviarían refuerzos. Un compañero. O compañera.

Y estaba tan nerviosa como si se tratase de una primera cita. Aunque bueno, sí lo era.

Tenía ganas de caerle bien a esa persona. Esperaba ser capaz de encontrar suficientes temas de conversación para matar el rato, tener gustos musicales parecidos y poder compartir el momento del bocadillo o, quién sabe, quizá alguna cerveza al acabar el turno.

¿Y si se trataba del amor de su vida?

Pero lo que encontró el lunes siguiente fue una nota de su superior junto al monitor de las cámaras de vigilancia: “Loli, ahora estas cámaras las manejará la IA. A ti tendremos que recolocarte”.

“¡Qué pena!”, se dijo Loli mientras guardaba sus cosas en su raída mochila. Al final me he quedado sin conocer a… ¿Isabel Alegría?