1047. IKEA MAS DA
Javier Fernández Pérez | La Madonna Inmobile

«El hombre y la distancia entre la puerta de entrada y de salida en un Ikea, son la medida de todas las cosas» (Protágoras de Stockhölm)

Estoy con mi madre en el Ikea de Alcorcón. Hemos venido a mercar un poco de lo de siempre: cachivaches de cocina, taperweares, escobillas de baño, sabanas bajeras o perchas para la ropa. No sé muy bien porqué, pero aquí siempre pasan “cosas” −cosas asombrosas−, aunque lo que está ocurriendo ahora, las supera a todas.

Hay una señora montando un pollo porque dice que los nombres de los carteles están en sueco y que esto es España. Esta señora debe ser la que hizo que Mister Proper pasara a llamarse Don Limpio. Mi amiga Marga dice que tengo suerte de encontrarme con panoramas divertidos cada vez que vengo, que ella solo se cruza con las clásicas parejas al borde del divorcio.

Como la mujer sigue enrocada, avisan a los de seguridad. Mientras tanto, alguien se le acerca. Para tranquilizarla le dice que no se preocupe, que en los Ikea de Suecia los nombres de los carteles están en español, qué es una estrategia de venta… pero no cuela, la mujer quiere que alguien le expliquen cómo diferenciar una silla Poäng de una silla Tärnö, qué es exactamente un sofá Elktorp o una taza Färgrik o por qué las alfombras Ringsjön son tan härlig.

«Pobrecilla» −me susurra mi madre al oído, «como se le ocurra entrar en un Tiger le puede dar un jamacuco».

Por fin aparecen dos guardias säkerhetsvakt de seguridad que, sin mediar palabra, se la llevan en un estado de semi shock y la sientan en una silla Poäng (o Tärnö, no lo tengo muy claro). Cuando la mujer deja de hiperventilar le traen un plato de köttbullar con salsa de gräddsås

«Es para usted señora, para que recupere el buen tono».

La señora vuelve a hiperventilar. Esta vez con más aspavientos.

«¿köttbullargräddsåsqueeé?»

«Albóndigas, señora, albóndigas de salmón. Cómaselas, le vendrá bien tomar algo sólido para recomponer el ánimo».

Finalmente, la señora se tranquiliza. Ahora suplica que alguien la acompañe hasta la salida, porque dice que la última vez se desorientó tratando de coger un atajo y que después de 3 horas dando vueltas alrededor del mismo stand tuvo que fumarse un cigarrillo para que los guardias säkerhetsvakt la encontraran.

«Pues que hubiera ido dejando migas de pan, por si acaso, como hace mi amiga Marga siempre que viene a Ikea» −le digo a mi madre en voz baja, al tiempo que voy echando en la cesta una sartén Oumbärlig antiadherente, tres taperweares de distintos tamaños y colores, dos escobillas para el baño, una sábana bajera y tres juegos de perchas para la ropa.

Luego nos encaminamos hacia las líneas de caja siguiendo las flechas marcadas en el suelo. Aún nos queda un buen trecho. Miro el reloj cuenta pasos y veo que ya llevamos 30.000. «A este ritmo» −le digo a mi madre− «nos convalidan la mitad del camino de Santiago».