ILUSION Y MIEDO
BORJA SANCHEZ URDA | BORJA SANCHEZ

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Una primera cita podría asemejarse a los propósitos que nos hacemos cada nuevo año, uno acude exhibiendo sus mejores galas, dispuesto a dejar atrás las malas costumbres, y con la predisposición de encarar el inminente desafío con ilusión y esperanzas renovadas.



El día comienza con su calma habitual, de manera automática uno va llevando a cabo los quehaceres cotidianos, pues aún no se atisba en el horizonte la llegada del momento, lo que hace que la espera sea más relajada, casi como una ilusión, un momento de leve calma en el que todo adquiere su exacta dimensión.



Es el paso del tiempo y su aproximación, lo que va despertando en uno la necesidad de ir preparándose para el momento, como si de un ritual se tratara, en el que todo tiene que estar libre de imperfección. Es siempre curioso como la novedad nos impregna de esa necesidad de perfección en la que de repente, necesitamos dejar fuera cualquier defecto o duda, para imbuirnos de un aura en el que la seguridad y el temple sean nuestra mejor carta de presentación, esperando así, causar el efecto deseado en la otra persona.



La llegada del esperado encuentro adquiere diferentes fases, una sensación de calma inicial que poco a poco, tras ir oteando en el horizonte el punto de destino, comienza a dar a paso a un ligero nerviosismo mezclado de reflexiones y exámenes internos con los que tratamos de reforzar nuestra aura, disipar cualquier atisbo de comportamiento que pueda generar situaciones incomodas, y con la esperanza de que nuestras mejores cualidades causen la mejor de las impresiones.



El momento en el que las dos personas coinciden y se miran por primera vez (o quizá ya se hayan mirado antes, quién sabe), es siempre un momento el que la cortesía y las ganas de complacer son compartidas casi a la par, buscando el agrado en la otra persona, esperando que nuestra compañía en ese primer contacto cause el efecto deseado.



Miradas, roces inocentes e involuntarios, palabras medidas y palabras no dichas son siempre un denominador común. Una primera cita es ilusión, esperanza, ganas de gustar, pero también es nerviosismo, inseguridad, miedo a no gustar. La primera cita es siempre el primer paso, quién sabe si habrá más, si no quedarán en ese momento más que las ilusiones albergadas, o si, por el contrario, supondrá el primero de muchos pasos que divisen un horizonte en común.



Borja Sánchez Urda