412. IMPACTO
Jose Francisco Domínguez Torres | Xanxo Vilar

Un silencio sepulcral se había apoderado de la sala. Cada uno de los presentes observaba sin pestañear las diferentes pantallas en las que podían comprobar in situ el avance del meteorito.
—Diez minutos para el impacto señor—anunció el general sin levantar la vista.
—Señor secretario, póngame con el jefe de la oposición. Creo que debo informarle de esta situación—exhortó el presidente.
—Ya he llamado, pero me han dicho que está reunido. Al parecer ultima los detalles para presentarle una moción de censura— informó el secretario.
El presidente torció el gesto. En aquel instante tocaron a la puerta. El vigilante de seguridad, con cara de pocos amigos, ya fuera de turno, accionó el sistema de apertura del recinto acorazado situado bajo la Moncloa.
—¿Lugar previsto del impacto? — preguntó el presidente.
—En Iglesuela del Cid— comunicó el militar.
—Por una vez no le toca a los Estados Unidos— dijo triunfal el líder del ejecutivo —. Y dónde queda, ¿ cómo ha dicho?
—Iglesuela del Cid, en la provincia de Teruel.
—Póngame con el alcalde de inmediato.
Una cuadrilla de obreros entró en la sala. Mientras uno se afanaba en desmontar un cuadro eléctrico, los otros tres miraban sentados.
—Señor presidente, el regidor de Iglesuela no puede ponerse, están inaugurando la estación del AVE.
—Pero le ha dicho que en menos de diez minutos un meteorito de dimensiones gigantescas impactará en su pueblo y con toda seguridad extinguirá la población mundial.
—Sí, pero me ha dicho que después de lo que llevan esperando por el AVE como para perdérselo.
—¿Qué sabemos del equipo que mandamos?
—Según el último comunicado no ha logrado perforar la superficie del meteorito.
—¿Demasiado dura?
—No señor, se olvidó la broca del ocho.
—Esto nos pasa por subcontratar— se lamentó el presidente.
—El trabajador venía recomendado desde la Secretaría de Movilidad y Transporte.
—¿Cómo que el trabajador?, ¿acaso el equipo lo conforma una sola persona?
—Sí. En principio eran tres, pero uno no tenía el permiso de trabajo y residencia en regla, y otro no había hecho el curso de prevención de riesgos laborales, así que al final mandamos a Genaro.
—¿Genaro? — repitió el presidente confuso.
—Si, Genaro Fernández, un autónomo, pero nos hará un apaño con la factura.
—¿Y el misil?, era una alternativa prevista en el plan.
—Uf, le faltaban piezas. Tuvimos que extraerlas para montar un satélite experimental, cosas del ministro del interior.
—¿Y dónde está el satélite?
—Donde va a estar, en un almacén en Móstoles cogiendo polvo.
Sonó nuevamente la sirena de acceso. Sin que se hubiera abierto del todo, un grupo de personas entró en tromba como un primer día de rebajas en un centro comercial.
—Señor, han llegado los escogidos.
—Supongo que se trata de los científicos e intelectuales elegidos para salvar a la raza humana.
—No, la verdad son ex concursantes de un programa de la tele. Según un riguroso estudio serán los mejores en adaptarse a las nuevas condiciones, sin reparos en hacer cualquier cosa por sobrevivir.
El presidente tomó asiento resignado. «Al menos no perdería la moción de censura», pensó mientras daba comienzo la cuenta atrás como si fueran las campanadas de fin de año.