1279. IMPROBABLE EPOPEYA ROMÁNTICA ORIENTAL
Daniel Félix Pizarro Santos | Danipi

“Había una vez un sogún severo y un poco blasfemo que gobernaba un vasto reino. Tenía una hija joven y sana, que sin embargo era terriblemente infeliz… porque se llamaba Cagome.
A pesar de su belleza y pericia en las artes femeninas (danza, canto y lanzamiento de cuchillos), la princesa no encontraba marido.
-Nadie querrá desposarse nunca con una dama que se llame como yo…
-¡Juro ante los dioses que ninguna hija mía quedará soltera! -profería el sogún-. Urdiré un casamiento tan ventajoso que ningún noble osará rechazarlo.
-¿Y no sería más fácil cambiarme el nombre?
-¡Juro ante los dioses que ninguna hija mía cambiará de nombre!
-Pues nada.
Los años pasaban y la princesa no era desposada. Ella soñaba con otro sino y escribía canciones sobre nobles con nombres normales y el sabio Duende Nominal, un ente mágico que ayudaba a los desamparados.
Una mañana, cantaba su desdicha en el Estanque Real cuando se presentó ante ella un samurái.
-Soy un ronin errante conmovido por tu historia. Acompáñame al Sagrado Oráculo del Registro Civil, en las Montañas de la Muerte, y allí solucionaremos tu problema.
-Te estoy muy agradecida guerrero. ¿Cómo habré de llamarte?
-Llámame ronin.
-Yo soy Cagome.
-Pf. Ridículo.
-Ya.
Y partieron.
El viaje fue tortuoso y no exento de peligros, y vivieron mil aventuras que no caben en quinientas palabras. Casi al final de su viaje, fueron emboscados por decenas de soldados del sogún y hubo una sangrienta batalla en la cual el ronin se deshizo del grueso del ejército, más quedando malherido.
Cagome corrió para socorrer a su campeón.
-Princesa, me muero…
-¡Resiste! Estamos tan cerca……
-Tendréis que seguir sola. He aquí mi última confesión: mi nombre y la razón de que os animara a embarcaros en esta empresa, es Yosinabo.
-Pf. Ridículo -dijo ella.
-Ya.
-Aun así, no quiero que mueras -lloró la muchacha.
Yosinabo cerró los ojos. Las fuerzas le abandonaban.
-Cagome……
-Yosinabo……
-Cagome……
-Yosinabo……
-Cagome…
-¡YOSINABOOO!
PUF. De repente, un ser verde, pequeño y de orejas puntiagudas surgió ante ellos.
-Soy el Duende de los Nombres Ridículos. Me aparezco ante quienes los recitan tres veces con el corazón y les concedo un deseo.
La princesa sonrió.
-Por favor, cura a Yosinabo.
-Lo haré. Más quien de mí se sirve, a mí se debe. Desde ahora, jamás podréis rehuir de los nombres ridículos.
Cagome reflexionó un momento.
-Acepto.
El mágico ser curó la herida de Yosinabo y desapareció.
-De verdad renunciaste a su sueño… ¿por mí? -preguntó él.
-Un nombre es solo un nombre, no nos define. Lo que lo hace es cómo empleamos nuestra vida… y a quien amamos.
Yosinabo la miró con ojos llorosos.
-Pero es muy ridículo.
-¡Pues anda que el tuyo!
Y así, Cagome y Yosinabo renunciaron a cambiarse los nombres. Los dos se instalaron en las montañas y tuvieron una vida de dicha juntos, e incluso un hijo. Y el sogún nunca les encontró…”

Cagome cerró el libro.
-Y esa es nuestra historia -dijo la mujer.
Un niño de diez años miraba fijamente a Cagome y Yosinabo.
-Papá, mamá, os odio.
Yosinabo se puso en pie de un salto.
-¡A tu cuarto, Conchichi!