IMPRONTA DE UNA TORTURA
Sabrina Teruel André | Sabz Teruel

4.6/5 - (62 votos)

He leído sobre esta situación, y he preguntado sobre ella a quien he podido; a quien como yo quedará marcado por el resto de su vida. La conclusión a la que he llegado es que duele, no solo en el momento sino también después. El procedimiento te deja cicatrices que pican, y depende en qué parte del cuerpo te lo hagan, puede que hasta no te deje dormir. Aun así, aquí estoy yo, yendo con voluntad a someterme a aquello. Estoy plenamente consciente.



Cuando llego al sitio donde sucederá todo, no puedo evitar sentir un vacío en el estómago. Me acerco a un mostrador para confirmar mis datos, pero apenas reparo en quien me atiende. Mis ojos examinan los cuadros que están colgados en la pared, todos ellos fotos hechas por un ejecutor profesional. Se nota que algunas se hicieron cuando recién el daño estaba hecho, lo sé porque la piel de las víctimas está roja o tremendamente hinchada. Me va a doler, pero no puedo huir, esta fue mi decisión.



Al final de un largo pasillo me espera el que será mi verdugo; me recibe con un rostro apacible, como si no fuera a clavar su herramienta de trabajo en mi piel. Lo miro; lleva bellas cicatrices en el cuello y en los brazos, por sus formas sé que cubren más superficie de la que veo. Algunas se las ha auto infligido, mientras que otras, reconozco llevan diferentes autorías.



En la habitación de tortura, un olor dulzón inunda mi olfato, para inmediatamente ser sustituido por el característico olor a alcohol. Este emana de la herramienta que conmigo usará el torturador. Es con esto que la mantiene desinfectada e impecable, borrando cualquier rastro de sangre.



Aceptando mi destino, me acuesto en una camilla, que es el centro de atención de la estancia. Mientras trato de relajarme, si es que eso es posible, mi victimario confirma el lugar donde me producirá la lesión, su forma y su tamaño. Procede entonces a ponerse unos guantes finos y negros, y con amabilidad me pide que me ponga de espaldas. Yo obedezco.



Un ruido eléctrico, agudo y continuo invade mis oídos, y segundos después se traslada a mi piel, propinándome pequeñas punzadas de dolor. Me aflige, pero no me quejo, ni me muevo, pues esto último podría causar un accidente en la cicatriz final. Me limito a apretar los dientes y poco a poco el dolor se disipa y se vuelve placentero. El sonido punzante de la máquina de tortura ahora es agradable y hasta arrullador.



Apenas noto cuando la aguja deja de penetrar mi dermis, el tatuador tiene que avisarme que la sesión ha concluido. Me levanto de la camilla lentamente y él acerca un espejo. En mi espalda hay una hermosa cicatriz trazada con líneas finas y delicadas, color negro, que forman dos iris, conectados por un delicado tallo. Lo que ha hecho es una obra de arte, la primera estampada en mi piel, pero no la última.