1141. INCONTINENCIA VERBAL
Marta Solano | Eugene O´Neill

La selección de personal había comenzado temprano. El comité, formado por tres directores generales de la compañía, tenía cinco minutos para evaluar a cada uno de los candidatos. El puesto de delegada en Washington exigía amplia experiencia internacional, inglés, hablado y escrito nivel Oxford Muzzy, y amplias dotes de comunicación. Se valoraba con diez puntos la sinceridad en las respuestas. La más exigente era la señorita Gómez, Lupita Gómez, mexicana, con un rostro calcado al de Frida Khalo. El bigote marcaba su lado masculino. A su derecha, el director comercial, Steve Love, con gafas culo de vaso y tanta experiencia en Washington como dioptrías. Y el último, Alejandro Miembro Grande, era tan pequeño que asomaba un palmo en la mesa.
—Adelante la última candidata —dijo la señorita Gómez.
Entró una joven de unos veinticinco años. Vestía con un traje impecable. El pelo dorado dulcificaba su rostro e iluminaba sus ojos verdes.
—Señorita Lucía del Amor Hermoso, ¿por qué el puesto debe ser suyo?
—Buenos días —arrancó la candidata, que golpeó su rostro a manotazo limpio, al tiempo que daba una patada contra el suelo y emitía un sonido de corneta con la boca.
El comité no parpadeó ante el impetuoso saludo majorette.
—Soy la persona más sincera del mundo. Sufro una enfermedad ultra rara e incurable: “labialis exabruptus totalis”, es decir, incontinencia verbal en grado tres —y una mierda—, perdón. Un caso único en el mundo—que os den a todos— y digo la verdad —joder, joder— toda la verdad. Vean… —salvo ese topo, que lo de ver poco, y sin haberlo deseado me ha salido un pareado—. Discúlpenme, es que la espontaneidad a veces me mata —y volvió a golpearse con la mano bien abierta en la otra mejilla, mientras retorcía el gesto, guiñaba los ojos aleatoriamente.
—¡Por Dios, que la pare alguien! ¡Nunca he visto nada igual! —alzó la voz Lupita.
—Son los nervios y el desayuno —imbécil—. No me ha sentado bien la naranja con vodka. Uff, vaya día…
Mr. Love se levantó, cogió la mano de la joven como un padre cariñoso.
—¡Quita, baboso, o te denuncio! —soltó la candidata.
—Prosiga —la animó Lupita Gómez—. El tiempo vuela que corre.
—Me encanta América, en especial… —dudó unos segundos—México, Luis Miguel, los frijoles y ándale, ándale y también Frígida Falo —depílate, depílate.
La cara de Lupita se transformó en una olla a presión.
—¡No le consiento una falta de respeto más!
Miembro Grande se escondió al escuchar la palabra falo.
—Como ven en mi currículum, —gilipollas— tengo amplia experiencia internacional, hablo cuatro idiomas: enculée, son of the bitch, cerdo, fa cagare…
—Hablar idiomas es fundamental —se dirigió Mr. Love a sus colegas, mientras guiñaba a la candidata un ojo, o los dos, porque con las gafas no se veía nada.
—Desde luego —dijo el señor Miembro Grande, que solo quería irse a casa.
Tras el silencio, las carcajadas brotaron en la sala. Dijeron al unísono:
¡Welcome to Washingtón!