648. INDEMNES
Chelo Sierra | Frida Kahlo

La carretera comarcal era estrecha y sinuosa como un intestino delgado, el sol me deslumbraba cada vez que giraba hacia la derecha y los baches eran tan profundos que el brusco vaivén conseguía que mi cabeza chocara, de forma acompasada, contra el techo del vehículo. Además, tenía sueño. Ser padre primerizo y conductor profesional no son circunstancias que mariden bien. Faltaban quince kilómetros para llegar y ya llevaba veinte minutos de retraso. Aunque el acto no podía empezar sin nosotros, imaginé a todo el pueblo esperando con impaciencia nuestra llegada y aceleré un poco, lo suficiente para contradecir a la señal que prohibía ir a más de treinta. Miré hacia atrás un segundo para comprobar que Inés Sepúlveda continuaba ahí a pesar de tanto traqueteo. Y ya no pude evitarlo. El volantazo fue insuficiente para acomodarme de nuevo a la trayectoria de la curva, perdí el control y el vehículo se convirtió en una atracción de feria. Después de tres loopings y una caída libre de más de cincuenta metros, el coche paró. Salí milagrosamente indemne del habitáculo retorcido y me asomé a la parte trasera del vehículo por una ventanilla que había perdido el cristal. Inés Sepúlveda había desaparecido. En una primera inspección ocular no encontré ni rastro de ella. Sentí, de repente, un fuerte dolor en el pecho y descubrí un hilillo de sangre resbalándome por la rodilla, pero mi profesionalidad me impidió detenerme. Como pude, comencé a escalar el terraplén por el que habíamos caído, en busca de doña Inés. No tardé mucho en encontrar, esparcidos por el terreno, un rosario manchado de barro, un zapato sin usar, varios jirones de satén blanco, trozos de madera barnizada… Y, unos pasos más adelante, la encontré a ella. Me senté a su lado y respiré tranquilo. Tenía un pequeño arañazo en la frente pero, aparte de eso, estaba exactamente igual que antes del accidente: muerta.