Infantería
Rocío Stevenson Muñoz | Aracne

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La observamos como si se tratara de un animal mitológico. Lo hacemos desde lejos, los gatos desde lo más alto de la estantería, la perra refugiada entre mis piernas, una montonera de pelos nerviosos que se agitan en un temblor incontenible. Supongo que me toca a mí asumir la primera línea de combate. Nuestra infantería consta de una unidad de soldados (yo) y un batallón adicional de cuatro unidades en retaguardia (los gatos y la perra, que parece a punto de sufrir un ataque al corazón).

Tomamos posiciones.

Clavamos la mirada en ella y aguardamos.

Aguardamos.

Aguardamos.

Los nervios se disparan cuando oímos el runrún inicial, pero no nos movemos.

Aguardamos.

En mi cabeza suenan los primeros compases de una melodía de gaitas. El grito de «¡Quietos!, ¡Quietos!» que Mel Gibson repite a sus hombres en la batalla de Stirling mientras la caballería inglesa se lanza sobre ellos se hace eco de cada uno de los latidos de mi corazón.

Clavo las piernas al suelo.

Esta guerra he de ganarla. Por mi propia cordura.

En ese preciso instante, ella inicia su periplo con un movimiento suave y todo se desbarata.

Los gatos saltan desde lo alto de la estantería. Corren como dardos de pelo por toda la casa, enloquecidos. La perra aúlla y esconde el rabo entre las piernas, presa de un terror primitivo, imbricado en su memoria más profunda.

Me doy por vencido.

Primera vez y última.

«Adiós, Roomba», le digo. «Fue un placer conocerte. Quizá en otra vida podamos ser amigos».