815. INFLUENCIAS EVIDENTES
ANDRÉS NORTES NAVARRO | CIRCE

Parecerá increíble, pero aquella vaca sabía leer. Yo le mostraba todas mis obras y observaba sus gestos de aprobación o disgusto para reorientar las historias según sus reacciones. Era una lectora respetuosa, poco dada a enjuiciar mis creaciones bajo los prejuicios de su propio ego, contra la usanza de esos críticos narcisistas que se levantan cada día como si le hicieran un favor al mundo con la mera existencia de su intelecto, sintiendo merecer el reconocimiento público por destrozar sin miramientos las obras ajenas basándose en modas, en preconceptos y en un exagerado amor a la notoriedad, sostenido con frecuencia sobre el temor que inspira la difusión de sus artículos y recensiones.
Un movimiento alegre de su rabo o la retirada indiferente del hocico para seguir masticando hierba mientras ignoraba un pasaje concreto de mis borradores podían implicar giros argumentales de gran trascendencia en mis relatos. Lograr un mugido de satisfacción colmaba mis aspiraciones y me transportaba al paraíso creativo. Pasaba una tarde tras otra en su compañía intentando buscar el momento propicio en el que le apeteciera echar un vistazo a mis papeles, porque no siempre estaba de humor y no permitía que perturbara con mis ocurrencias el complejo movimiento coordinado de las cuatro partes de su estómago. Ella odiaba leer si la molestaban las moscas así que yo me dedicaba a espantárselas con mis manuscritos provocando la rechifla y el cachondeo de los paisanos que frecuentaban los caminos adyacentes o acudían expresamente a verme por curiosidad, y que acabaron por referirse a mí como “el mosquero loco de la vaca”. A mí no me importaba, con tal de culminar mi obra gozando del beneplácito de la rumiante, de modo que acabaron por acostumbrarse a mi presencia, algunos incluso acudían a escondidas a mostrarle también a la cuadrúpeda los impresos del bonoloto y a rellenar quinielas en su sabia compañía.
Tras innumerables peripecias con las editoriales, bastantes explicaciones al dueño de la res y gloriosas tardes paseando por los pastos más jugosos junto a mi musa particular, publiqué mi primer libro. Muchos lectores debían de compartir los gustos de la singular rumiante, porque la novela ganó varios premios, fue muy bien valorada por el público y tuvo un aceptable nivel de ventas. La prensa fue más estricta y la acogió entre la frialdad y el tibio reconocimiento a un autor novel. Solo un crítico muy avispado se atrevió a calificarla como “una obra amena y sencilla, escrita con un enfoque naturalista capaz de llegar al lector con la pureza de una canción que resuena en los ecos de un valle alpino, evocando el verde de sus pastos”.
Los seres humanos mostramos una notable tendencia a sobrevalorar lo que conocemos de antemano y a interpretar el mundo filtrándolo de manera sesgada a través de nuestras experiencias anteriores, así que nunca supe si tan atinada crítica debía atribuirla a una extraordinaria pericia profesional o a su conocido pasado como operario de una clínica veterinaria.