974. INFRACCIÓN IMPUNE
Jaime Padrón Benítez | Job F.

INFRACCIÓN IMPUNE

Un hombre de mediana edad, luciendo un anorak azul, llegó a la puerta de una parroquia, donde esperaban decenas, de personas mayores; algunas con bastones, andadores y demás artilugios ortopédicos con los que nuestros familiares de avanzada edad suelen resistirse a la fuerza indomable de la gravedad y el envejecimiento. Al mismo tiempo, con pasos más lentos sostenidos por un garrote, llegaba una señora con sobrepeso, en apariencia cansada y cuyos resoplidos ponían a temblar su mascarilla.
—Hola ¿Quién es el último? —preguntó la señora rolliza.
—Yo guapa—respondió otra, con la mascarilla en el mentón para poder fumar—aunque aquel tío, parece que no va a respetar los turnos.
—Pos, más le vale que respete el orden, el caradura ese—dijo la última en llegar, empuñando con fiereza su cayado, despertando señales de aprobación en aquel grupo de personas. Cuando empezaban a incrementarse los murmullos de reproche hacia el hombre, este leyó en la puerta vieja de madera de doble hoja, que abrirían a las nueve de la mañana. Entonces giró sobre sus talones y se marchó desandando sus pasos y mirando el reloj de su muñeca, mientras la fila ganaba más integrantes que casi siempre decían: “hola, buenos días ¿quién es el último o la última?”
Se abrieron las dos hojas de madera y aquellas personas empezaron a ser atendidas, por mujeres amables de batas blancas, sentadas tras escritorios de madera, quedando un importante número en la calle a la espera.
El hombre del abrigo azul, volvió caminando rápido, la mujer fornida al verlo de reojo, en su campo visual, muy al estilo de defensa central, interpuso su bastón con disimulo entre los pies del hombre haciéndole zancadilla. Este trastabillando logró recuperarse y la miró con preocupación.
—¡Oh, por Dios! señora, disculpe usted, he sido muy torpe ¿Le he hecho daño? —dijo interesado en aquella mujer que sonreía nerviosa.
Luego, el caballero de azul, entró y saludó a las señoras amables de batas blancas.
—Buenos días chicas, soy Vicente, el trabajador social—dijo.
—¡Madre de Dios! —exclamó una de ellas llevándose las manos al rostro—, bienvenido, yo lo acompaño al despacho.
—Es el nuevo doctor, estaba de misión en África y ahora viene a colaborar con nosotras, dicen que es un pan de Dios—dijo otra compañera en plan de información a las caras de interrogantes que la circundaban.
Fueron avanzando los turnos y le tocó finalmente a la señora que hizo la falta impune (como muchas en el fútbol). Una vez le revisaron su expediente, la funcionaria comentó: “oh, lo suyo es diferente” y la llevó a otro lugar haciéndola pasar luego a una oficina calefaccionada.
—Hola, buenos días ¿le apetece a usted un café o té? —le dijo el caballero de mediana edad, que ya no tenía puesto el anorak azul, ni la mascarilla y que le sonreía con dientes manchados por café, té y tabaco.
—Un té de tila me vendrá bien—dijo avergonzada, mientras enjugaba una lágrima con su hombro y agarraba nerviosa su bastón.