984. INOCENCIO
LUZ MOSCOSO PALACIOS | De Película

Fue él mismo, solo un roce al pasar y la estantería de Narrativa Policíaca se derrumba. Inocencio empieza a sudar, quedan dos minutos para las 10, hora de apertura. Con todas sus fuerzas consigue levantar la estantería , luego recoge lo que puede con sus brazos gorditos. Muchos libros quedan tirados. Chuta a uno con el pie para encajarlo contra el suelo, bajo la última balda, no acierta y lo lanza lejos. Las de caja lo ven y se miran, ¡ ya estamos! Se abren las puertas. La librería es enorme, tiene secciones de todo tipo, pero entra el primer cliente y se dirige directamente a él.
-Buenos días. Quiero una novela policíaca, una de ésas nórdicas que están de moda.
Inocencio se seca la frente con un pañuelo y se anima:
-¡Por por supuesto! Buenos días. Hay una trilogía por aquí …tuvo mucho éxito – mira la estantería de arriba abajo, canturrea- La trilogíaaa…a ver la trilogíííaaa…¡Éstos! …» Las legendarias aventuras de Chiquito», no, no…a ver este otro: «Clásicos ilustrados: Kama…su…»…Je, je…Es que ayer me tocó colocar…jeje…estaba muy cansado, ¿sabe usted? Y, claro…Pero no se preocupe, que yo, de lo mío, ¡todo controlado! -hace un gesto de «o.k.» con la mano.
El cliente ( alto, mediana edad, buen porte ) lo mira con cara de póker. Inocencio se arrodilla y coge del suelo, uno a uno, los libros que antes no pudo colocar. Lee los títulos en alto:
-Bla,bla, bla…éste no-lo guarda en un brazo- éste…no,y éste…tampoco, vaya.
Recoge, lee y va apilando en su regazo todos y cada uno hasta que le tapan la nariz, no da más. Se yergue y vuelca su mercancía en una mesa, dando un golpe ( el cliente, estupefacto). La mesa se tambalea y caen desparramados tres libros azules. Inocencio se pasa la mano por la frente mojada, la sacude, los señala y grita alegre:
-¡Ahí! ¡Por fin! ¡LA TRILOGÍA!
El cliente le mira con desprecio. En la sección de Terror, un vendedor y su clienta, que va de gótica, dan un respingo y se giran a mirar. Inocencio suda, se siente húmedo de pies a cabeza, empiezan a notarse manchas oscuras por el traje. Su cliente, de lejos y sin moverse, lee la solapa de uno de los libros azules. Dice que le suenan, le interesan, pero que ésos no, que por favor le dé ejemplares nuevos y embalados. Inocencio jadea un poco, pero le sonríe:
– ¡Por supuesto, faltaría más! ¡Em-ba-la-dos!, ¡para usted! – se seca las manos con el pañuelo- Si espera aquí un momentito, ahora mismo se los traigo.
Hace una pequeña inclinación y se va hacia otra sección, aparentemente. Da unos pasos y se detiene; frunce el ceño y se acaricia el mentón. De nuevo echa a andar diciendo en bajito, para sí:
– Los embalados…dónde habré puesto los embalados…
Quedan seis horas de jornada laboral.