355. INQUILINO INDESEABLE
Ana Maria Abad Garcia | Acróbata

Lo primero que hago todas las mañanas al levantarme es consultar con el espejo del baño -que no es mágico pero para el caso sirve igual- si ha desaparecido este bulto que tengo en la cabeza. Una vez comprobado que sigue ahí, procedo a colocar y recolocar y volver a colocar los pelos del flequillo, intentando que se note lo menos posible antes de salir a la calle. Aún así, intuyo que la gente me mira de reojo e, incluso, se apartan discretamente de mi camino.
He visitado varios médicos, que aseguran poder eliminarlo con cirugía o con quimioterapia o con electroshock, pero el ávido brillo de sus miradas no me inspira confianza: me temo que es el afán de experimentación y no mi bienestar lo que en realidad les alienta. He probado tratamientos de homeopatía, de electrolitos, de oxígeno activo… nada ha dado resultado hasta ahora. Ni siquiera un supuesto curandero que me envolvió por completo la cabeza en un emplasto de hierbas tan apestoso que casi muero asfixiado en el proceso y que después, aprovechando mi transitoria ceguera, intentó reducir el bulto a golpe limpio con algo que, por el sonido metálico, sospecho que debía ser una sartén.
Finalmente, desesperado, he decidido encaminarme a Montserrat para pedirle a La Moreneta que me lo quite, y a ser posible cuanto antes, porque mi mujer ha empezado a amenazar con irse a casa de su madre si el bulto vuelve a guiñarle un ojo y a llamarla macizorra mientras se cambia de ropa.