259. INSERCIÓN (LABORAL) PERMANENTE REVISABLE
David Berja Sampedro | Jack el trabajador

Me he despertado esta mañana con una resaca del quince. El jari de ayer no me ha perdonado. A los veinticinco la absenta pega como Tyson, como la variante delta, como la nueva de puchito. Pega más si se bebe sola. Voy a la nevera. Nada. Suerte que dejé prudencialmente un cacho pizza sobre la encimera la noche anterior (ya saben: para qué hacer la cama si la vas a deshacer). Me lo jalo, me prendo un piti y a funcionar, es decir, a scrollear en todas las apps buscacurro de la escena nacional. Inflajobs, jobtopray, mierderjob. Encuentro uno jugosito: camarera, 20 horas, fines de semana, ideal para estudiantes (o para egresadas de humanidades, pienso), Legazpi (cerca de casa), 700 brutos (fantasía). Me apunto, como me apunté a las treinta anteriores, porque hemos venido a jugar. Tiro el móvil al sofá y me dispongo a leer el libro que compré por veinte euros en La Casa del Latrocinio: Trabajos de mierda, una teoría, de David Graeber. Pero zumba el móvil y mi instinto perruno-pávloviano me impulsa a cogerlo al instante. Lo tengo en mis manos antes de enterarme. Una notificación de Infrajobs. Es un mensaje: «puedes una entrevista esta tarde?» Un chute de endorfina me pone carita de tontita. Increíble: me quieren a mí, que no tengo tres años de experiencia, me desean, soy alguien. ¡Claro que puedo, señor desconocido! Por ti lo dejo todo, amor. Así que me calzo las botas más gamberras de mi feed, me encajo los leggins campana esos que me hacen culazo y un top ajustado, me hago la raya (del ojo) y me lavo los dientes, todo ello no sin antes echar el zurullo resaquero. Salgo a la calle y el sol hace el amor a las fachadas, it’s a wonderful world y los amigos, they’re really saying I want you. Al fin un curro. Se avecinan tiempos de bonanza, vacas nalgonas, papá.
Una vez allí, el local no invita a entrar, en verdá. Aun así, sin saber muy bien por qué, entro. Un vaho místico impregna el ambiente. Humo de cigarro. Apenas se ve nada. Patas de palo, parches en el ojo. Un cuadro de perros jugando al póker. Todas las miradas flotantes me soban las tetas. Siento un escalofrío. Hay una bombilla desnuda balanceándose en el techo. Se oyen crujidos ignotos. Cacofonías de ultratumba. Todo está quedo, pero se intuye un grito ahogado en licor barato. Aunque me tiembla el pulso, sigo caminando sin osar mirar a los lados. Cuando llego a la última mesa percibo de reojo a un jibado estrábico con cuatro mechones desperdigados por la cabeza, que se araña las rodillas y se mece murmurando en bucle «contrato indefinido, salario mínimo». De pronto, dos manos huesudas me agarran de los hombros y me zarandean violentamente. ¡HUYE! ¡HUYE! Las palabras se funden en un llanto. Se oyen pasos en la trastienda. Una idea me paraliza. Debe de ser… (voz espectral) el con-tra-to. Acta est fabula.