INSTINTOS
Antonio Sánchez Martín | DANTE KUERDA

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Ella odiaba las tormentas y adoraba los lobos.

Él huía de un “adiós” por la noche y de un “buenos días” con sabor a azúcar y café por la mañana.

Ella, quebrada, solo quería acertar a poner en orden su mundo.

Él, sin hambre, sólo jugaba a poner palabras unas delante de otras en un diario de tapas de cuero, sin otro fin que ocupar el tiempo y ser su propio diván.

Una tarde, como otras tardes, como tantas tardes de junio en la meseta, Baal, dios egipcio de la fertilidad y el clima, escupió su báculo y entre nubes, gimió el diluvio sobre tejados, asfalto y arena.

Ella, con los cabellos ya mojados, corrió a refugiarse bajo el dintel de una ventana, tiritaba de miedo, no de frío. Sus tacones dejaron de resonar entre las paredes de la plazuela, ya solo se oían los truenos. Tiritaba aún más.

La terraza del Café True, quedo como la sala de juegos vacía de una manada de niños. Bajo un toldo pegado a la pared, entre goteros y olor a tierra húmeda, tranquilo y salpicado, él terminaba un cigarrillo y cerraba el libro de las heridas, levantando la mirada… una cosa es oler, otra aventar. Siempre tuvo ese instinto. Fijó su mirada, la vio temblar.

Ella no podía dejar de hacerlo, cada vez que destellaba el cielo, se sacudía primaria, pequeña, débil. Dejó de oler el petricor y desde la pared una corriente de aire dio paso a un tibio olor a vainilla y cigarrillo suave…, se sentía tan débil, que solo pudo levantar la mirada sobre el cuello de su gabardina de verano.

Él sabía que aquello no era frío. Había oído su caminar sin rumbo, pero no cayó en la cuenta de ella hasta q no se apoyó contra aquel rincón de la ventana, olió su miedo, odió su pavor, y sin preguntarse porqué, tomó su chaqueta bajo el brazo y se acercó a aquella melena morena de corte Cleopatra, esa melena que caía sobre un rostro indeterminado que aún no había llegado a apreciar.

Y en ese momento, ella elevó su mirada café, retraída, tímida, acobardada… Un segundo. Una corriente eléctrica. Un rayo. Sintieron el relámpago y el restallido en la columna vertebral…se miraron fijos, clavados, lelos. En ese instante, ella parece que sonreía, él parece que temblaba.

Y Baal susurró despacio:

– A Ella: Shhh…Ahí tienes a tu Lobo.

-A El: Ahí tienes tus Buenos Días con sabor a azúcar y café.