INTERLOCUTOR PERENNE.
Teresa Pejenaute Villar | TeresaPeje

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Hoy tengo una cita. He quedado con alguien a quien todavía desconozco. Llevo mucho tiempo queriendo atreverme y por fin voy a hacerlo. Hoy he quedado conmigo.



Las citas huelen a nervios, ilusión y curiosidad. También a pasta de dientes y colonia en exceso. La torpeza de ese día se transforma en ternura. La presión es algo que va cosido a la palabra “primera”. Como bien nos enseñó la industria cinematográfica, el primer paso consiste en la preparación. Voy a ello. Abro el armario y saco un pantalón vaquero y una camisa. Me lavo la cara y me hago un moñete. Me encuentro a la vuelta de la esquina con el espejo. Me observo durante un buen rato. Mi horrible dedo gordo del pie me permite caminar, ¿qué más le puedo pedir? Mis pequeños y miopes ojos me permiten ver, mi boca hablar, mis peculiares orejas escuchar. No necesito nada más. Me sorprendo a mi misma permitiéndome no disfrazarme con un incómodo atuendo que nada tiene que ver conmigo o pintándome la cara para volverla irreconocible hasta para mi misma. Parece que en muchas ocasiones en eso consisten las primeras citas: en dar a conocer lo que queremos ser, más que lo que somos.



Salgo de casa y camino por la calle hasta llegar a un restaurante que previamente había reservado. Ponen dos cartas y les digo que solo seré yo. El camarero se sorprende. Mi abuela tampoco lo entiende, pero eso ya es otra historia. Puedo reconocer a mi alrededor varias parejas que también están viviendo una primera vez. Lo siento por la manera de mirar, de hablar, de despedirse. Pienso en lo distinto que actuamos cuando tenemos a alguien enfrente. Veo cómo cedemos a la hora de sentarnos, de elegir comida. Perdemos nuestra opinión y nuestros valores. Cedemos porque es la primera. Porque deseamos que haya una segunda. Nos equivocamos. No es dejar de ser uno mismo lo que te hará continuar conociendo a alguien, si no mostrar cómo eres y que se respete y se ame tu ser. En este momento de soledad compartida aprendo a sincerarme conmigo y a ver qué es lo que realmente decido y creo sin otra persona a la que agradar. Veo quién soy sin necesidad de ceder. Llega mi plato: unos rollitos filipinos veganos con salsa de cacahuete y soja.



Termino de cenar. Pago la cuenta sin previo debate de quién invita en esta ocasión y de camino a casa me doy cuenta: el ser humano siempre está buscando un interlocutor. Queremos compartir. Hasta en mi momento elegido de soledad estoy escribiendo en un papel para que alguien me lea en algún momento. Mismamente, mi yo del futuro. Siento que a veces olvidamos que nosotros somos nuestro perenne interlocutor. Pero siempre hay una primera vez para descubrirlo.



Hoy ha sido mi primera vez.