464. INTERNATIONAL SCIENTIFIC CONGRESS
Javier Rodríguez Cabello | Anatolio Francio

Corrían los más deslumbrantes años del Siglo de las Luces, aquellos en lo que había hasta candelabros antiniebla, cuando se celebró en Londres un irrepetible congreso internacional sobre enfermedades infecciosas. El extraordinario simposio tuvo lugar en el palacio al que llamaban la “Casa de las Gallinas”, pues su estilo rococó era tal que algunos lo consideraban “rococococó”, aunque, por paradójico que pudiera parecer, y sin salir de lo aviar, allí se llegara a componer el más pegadizo cántico dedicado a una paloma.

Don Felipón Delgado llegaba diez minutos tarde desde su consulta a las afueras de Valladolid, tras un trayecto en mula, barcaza, barco, bote y de nuevo mula, vía Cádiz, que se le hizo corto. Bajo las lámparas de araña con arañas, pues poco respetaba los servicios mínimos el servicio en huelga, se sucederían las intervenciones. En el salón, todo sea dicho, sobraba gente; en los canapés, ajo. La atmósfera se cargaba demasiado de alientos que al conde de Drácula y Malapersona le habrían incomodado, pese a que el “todo gratis” le ponía siempre los dientes largos. Para disgusto de algunos que echarían de menos su oscuro humor, no estaba presente. Que se supiera, era el único aristócrata dedicado a la investigación que participaba en eventos tales desde hacía siglos, pues lo de la “bizcondesa Teresa” no constituía título con errata, sino simple calificativo debido a sus distintos puntos de vista, siendo señorona traviesa que a todos ponía ojitos. También Felipón, en algún momento tonto, se sintió aludido por su mirada, pero prefirió congeniar con el resto de desconocidos que vestían, como él mismo, de blanco y rosa. Sólo el presidente llevaba casaca roja y peluca verde, combinación que había tardado tres horas en elegir hasta quedarse con la más fea, como si de un abanderado de Portugal se tratara. Los demás, sin más, parecían pastelitos de fresa y nata, menos Felipón Delgado, que habría pasado por tarta entera si una guinda le hubiera coronado.

Sintió que el nivel era menor cuando vio que, de los laboratorios de Francia, habían enviado lechuguinos becarios con jergas de juerga, conocidos algunos como “raperos” por tanto rapé que gastaban. Tras atender también a unos teutones protestantes, siempre quejumbrosos, iba a intervenir ya Felipón Delgado para presentar su invento, un microscopio que permitía etiquetar a los microbios y marcarlos con una carita alegre o triste según lo bien o mal que le cayeran a uno, cuando de repente, como todo buen murciélago, apareció el añorado Drácula, ataviado con mascarilla FFP2 por el viciado ambiente ya descrito. No podía brillar por su ausencia, él no. Llegada la alegría de la huerta, pese a tanto ajo sembrado, el grueso Delgado sólo pudo decir: “Buah, ya está aquí éste”. Sabias palabras que nadie entendió porque nadie escuchó, y hubo de dejar para otra ocasión la exhibición de su invento. Esa otra ocasión no llegaría hasta unos siglos más tarde, de lo que pudo ser también testigo, cómo no, el inevitable conde de Drácula y Malapersona.