917. INTERNO 11
Ángel Revuelta Pérez | Lucerna

– «Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad». ¡Ja! Más bien una pequeña verdad dentro de una gran mentira. La frase se lo ocurrió realmente a Armstrong, ¿sabes? No estaba en el guion y la propuso justo antes de rodar la escena. Tenía tantas ganas de que fuera verdad que pienso que llegó a creérselo… al menos por un instante. Todo lo demás fue sólo un inmenso montaje. Lo sé bien porque yo estuve allí. Semanas de ensayos y grabaciones en aquel condenado plató. Era como una cárcel: veinticuatro horas vigilados por la Policía Militar, la CIA, el FBI y… ¡Cristo bendito!
Apartó con gesto de hastío la bandeja de comida, que chirrió al rozar contra la desgastada superficie de la mesa.
–¡Qué asco! Aquí todo sabe a esas putas medicinas –desvió la mirada hacia la ventana, intentando captar algo del calor del sol que brillaba más allá de los barrotes que negaban su entrada en el edificio, húmedo y umbrío.
–Es verdad –respondió el otro sin dejar de masticar la enorme bola de puré de patata que se había metido en la boca, ni siquiera cuando, casi ahogándose, hubo de dar un largo trago de agua del rallado vaso de plástico.
–No te confundas –continuó, rascándose la parte baja de la espalda: la áspera tela del uniforme le producía urticaria–. Yo no fui mejor que los demás. Me callé como una zorra y acepté la pasta que me ofrecieron. Y me hice el tonto como todo el mundo, simulando que también creía aquella absurda historia. Después de todo, lo vimos por la tele, ¿no? Entonces, tenía que ser verdad…
–A mí me gusta mucho la tele –le replicó alegre el otro, mientras apuraba el plato y miraba con codicia la comida casi intacta de su compañero; al no hallar respuesta favorable se dirigió a su derecha, donde «El Berza» continuaba sentado con su glauca mirada fija en la pared.
–¿Te vas a comer eso? ¿No? No te preocupes –aproximó la bandeja sin esperar respuesta–, ya me lo acabo yo.
–Pero un día ya no pude más –continuó el relato su interlocutor–. Tenía que sacármelo de dentro. Y esos hijoputas me encerraron aquí…
–Te entiendo perfectamente –le respondió recolocándose el bicornio de papel–. A mí me hicieron lo mismo. Pero la próxima vez que escape no volverán a encerrarme en Santa Elena.