1288. INVOLUCIÓN
Gabriel Pérez Martínez | peterpandemolde

El periódico matutino corroboró la noticia: el astro rey giraba alrededor de nuestro planeta. Fue en el telediario del mediodía, mientras me quitaba el sujetador, cuando certificaron que la Tierra era plana.
Llegó la noche e informaron de que volvía a instaurarse la Inquisición. Decidí aislarme a una casa rural en la montaña, pero al llegar todo era llano y no crecía nada excepto arena. Apenas habían transcurrido unos minutos cuando empezó a llover con tal intensidad que me vi inmersa en un mar en el que no hacía pie. Un enorme crucero, donde se emitían gruñidos de diversos animales peleando entre sí, pasó a escasos metros de mi posición. Chillé. No me escucharon. Creí que iba ahogarme, pero salió el sol y el océano se evaporó. En unos segundos, caminaba por un vergel de árboles con flores y frutos que no imaginaba que existieran. Me detuve junto a un manzano, el único que conocía, y me tumbé, agotada, a escuchar cómo trinaban pájaros de cientos de colores.
Alguien gritó mi nombre. Sobresaltada, abrí los ojos y vi a un ser refulgente. Tenía forma humana y parecía aún más cansado que yo. «Necesito dormir», me dijo, «pero antes déjame que te presente al nuevo Adán». Y me dejó a solas con el impresentable de mi exmarido.