305. IRA HOMICIDA
Sara Rodado Sánchez | April Nomad

Ambos se miraban sabiendo que no podían dejar de estar alerta. Se miraban desafiantes, mentalizándose para el siguiente asalto.

José había salido mal parado. Sangraba abruptamente, intentando no prestar atención a su piel herida. Tendía a marearse y desplomarse cuando se veía sangrar. Cuando le hacían análisis, no podía siquiera mirar la pequeña gota del pinchazo en el algodón. De modo que si quería ganarle está batalla, no podía bajar la guardia..

El enemigo de José pareció moverse, lo que hizo que él se alterase, pero resultó que únicamente se estaba acomodando en el sillón.

Ahora el enemigo parecía tranquilo. Incluso se había relamido y su mirada ya no estaba colmada de ira homicida. Al contrario. Se había vuelto lánguida y ni tan siquiera reparaba en José. Permanecía difusa, observando el infinito. Como si de pronto supiera que ya había ganado y se burlara ignorando la presencia de ese despojo humano, torpe y acobardado.

José, por su lado, se sintió humillado.
-Si crees que te vas a librar, lo llevas claro-. Le dijo, e hizo amago de envalentonarse, pero cuando dió un paso hacia delante, el simple acto de su enemigo de estirarse, le hizo resbalar y caer de culo.

La batalla estaba perdida. José le había cogido miedo al gato y el gato lo sabía. Preferible enfrentarse a la decepción de Andrea, por no haber podido bañarlo, que a la zarpa gatuna… que le había acuchillado… con la pata… con la que enterraba su caca… la caca de gato… las bacterias…
Ante la calma, José, no pudo evitar mirarse todo perdido de sangre y pensar en las posibles infecciones que podrían carcomer su carne por dentro…
Se desplomó.

Despertó un hora después. Olía a pis, y no suyo, pis felino.
El gato se había orinado en su mochila del trabajo, tras haber conseguido abrir el armario donde estaba guardada con llave.
Y no sólo eso, lo tenía encima de su espalda, lamiéndose las patitas y las pelotas. No necesariamente en ese orden.

José observó que además, delante de su cara babeada y aplastada contra los baldosines del suelo, había una enorme cucaracha boca arriba…
Cuando un gato te trae comida es porque te considera demasiado inútil como para cazar la tuya propia. Significaba por un lado un gesto de reconciliación, pero sobre todo de dominación.

El enemigo de José, el gato, ese gato. Un ser hipócrita y mentiroso que se mostraba cariñoso y dócil cuando Andrea estaba en casa. Pero cuando se quedaban sólos, se volvía un auténtico psicópata, un torturador psicológico y un violento jezabel.

El gato se quedó quieto y rígido sobre la espalda de José. Había oído algo. Al poco sonó la puerta de la calle y se bajó dando pequeños pasitos hasta la entrada mientras entonaba su cántico gatil, con dulces notas maullantes…
<>, pensó ese tonto animal humano, ahí tirado, con los brazos ya encostrados y conocedor de su posición en la manada.