Isabela
Mariola Delgado Peraza | Mariola Del Bao

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El atardecer pintado en la ventana manifestaba una fusión de colores chispeantes, rara vez habitual, en el periodo otoñal. Las viejas lenguas cuentan que es un presagio de comienzos y finales de largas luchas del pasado con vistas a un futuro prometedor, donde se crea un lazo de unión con el presente. Sumergida en el estudio de reglas sintácticas, de acentuación, colocación de la entonación, además de la pronunciación correcta de los sonidos de un idioma, Julia presta especial atención a los recordatorios en notas escritas y mentales que ha de no fallar en la expresión oral de mañana, dado que se juega el pase a la final de un certificado que le podría abrir las puertas al sueño extranjero. Bebe gotas de un café gustosamente caliente cuyo humo se expira por las ranuras de la ventana. Alza la vista cansada sin observar lo que ocurre fuera, con la misma se rodea de oraciones ásperas e igualmente complejas que le generan temor como a la vez expectación por nuevas vivencias en tierras ajenas. En un instante, se paraliza la fijación por las letras anglosajonas, colándose una imagen no previsible en la pila desordenada de papeles, apuntes, ejercicios inacabados, por prisas maestras, e incluso un reloj a modo de cronómetro que marca los segundos restantes a esa oportunidad deseada. Julia la mira con desdén sin comprender bien de qué se trata. A la puerta toca el cartero albergando un paquete envío exprés. Su cafetera de capsulas ya había llegado, después de tres meses de espera, -¡por fin!-exclamó. No tardó en prepararse un expreso en compañía de algo de leche candente más espuma, emulando su tiempo por las calles de Bolonia como estudiante de segundo curso de Antropología. De vuelta a su círculo obstinado, se percata de esa foto borrosa con tonos grises y negros, frunce el ceño mirando detenidamente su forma aparentemente abstracta; una redondez diminuta destaca en esa escala de claroscuros. Cierra sus ojos experimentando un colapso de sus sentidos. De repente, un terror en forma de fuego le invade desde su interior; una apnea respiratoria le genera un sofoco que le provoca hiperventilar, constantemente, llevándola escaleras arriba de un salto al ventanal mayor del hogar…Respira conmocionada a través de una bolsa de cartón que le sirve de vehículo de sosiego. Una vez, calmada, le consultó a la portadora de esa nueva vida: ¿es lo que creo que es? Tras una sonrisa cómplice respondió: sí. A partir de ese momento, ya nada más importaba. La prueba oral pasó a un segundo plano. Le asaltaron multitud de dudas: ¿todo saldrá bien?, ¿ cómo será?, ¿tendrá el mismo sentido del humor que el abuelo?…

Quizás no sea la afortunada de aguardar aquel ser dentro y sin embargo, lo siente como suyo, contando los minutos, para sostener ese peso pluma entre sus brazos, mientras lo arrulla con la ayuda de una melodía propia de ella… -En mi retina perdurará tu llegada, mi sobrina “Isabela”-.