1418. JACKHAMMER JESUS
Carlos Valbuena Martón | Marlon V. Cortese

Me encantan los objetos que cuentan historias. Supongo que por eso colecciono parafernalia nazi. Lo hago a espaldas de mi novia, claro, ella nunca comprendería lo estimulantes que pueden llegar a ser ciertas antigüedades militares. Para evitar disgustos, guardo mi pequeño museo en el altillo del baño, detrás del calentador, y sólo lo traigo al salón cuando ella está en el trabajo. Antes de nada, debo decir que jamás he compartido la sesgada cosmovisión nacionalsocialista. Tan solo tengo gustos algo marginales.

Llevo puesto un abrigo largo de cuero negro M1939, sin nada debajo, como a mí me gusta. Se me ha puesto el pene tan duro que se ha abierto paso por sí solo entre los pesados faldones, y eso que llevo el cinturón bien abrochado. No he tenido más remedio que empezar a estimularlo. Es precioso, ojalá pudiera sacarlo a la calle (me refiero al abrigo). Pero claro, tendría que ir explicándole a todo el mundo que no soy lo que parezco. La gente a veces es increíble. Seamos serios, por favor. ¿Saldría un nazi con una polaca?

Mis guantes de oficial de vuelo de la Luftwaffe, a sus casi ochenta años, se deslizan suavemente por mi miembro, especialmente cuando los embadurno con mis abundantes fluidos preseminales. Estimulo el glande con la mano izquierda; con la derecha desenvaino mi daga de honor de las SS (una dignísima reproducción toledana de los años 70) y acaricio la parte inferior del tallo de mi pene con la hoja. Siento un poder artúrico, legendario, casi místico, del que deriva un placer inmortal. Lo mejor de todo es que es totalmente independiente de la ideología. Ya te he dicho que no soy nazi, tengo amigos de todas las razas, hasta israelíes. Con cuidado para no manchar nada, eyaculo con fuerza en una lata vacía de Zyklon B. Satisfecho, recojo mi pequeño circo ambulante y lo devuelvo al altillo.

Pero al colocar mi maletín tras la caldera, encuentro un estuche que no había visto antes. Tiene las iniciales de mi novia, AH, grabadas en oro. Lo abro, y durante un instante eterno se despliega ante mis ojos la vida secreta de mi pareja: un enorme dildo en forma de crucifijo, azul, de silicona hipoalergénica. El archifamoso Jackhammer Jesus. Siempre me he preguntado si existían de verdad.

Miro el reloj. Aún queda una hora para que llegue mi novia. Vuelvo al salón con todo mi equipo y mi nuevo descubrimiento, listo para atiborrarme con el conocimiento oculto que esta reliquia puede ofrecerme.

No lo puedo evitar, me encanta que los objetos compartan su sabiduría conmigo, por muy retorcida que sea. Es una pena que mi novia no lo comprenda.